Altamira
"El enólogo me puso en la mano un puñado de piedras blancas y redondas y dijo: 'esto es básicamente toda la historia'."
Un distrito de gran altitud y suelo de grava en el Valle de Uco donde el Malbec se vuelve estructurado y mineral en lugar de suave y afrutado.
Altamira es el distrito donde finalmente entendí a qué se refiere la gente cuando habla de “terroir” en vez de simplemente asentir con cortesía. La mayoría de los viñedos están entre 1.100 y 1.200 metros, sobre un lecho de piedras redondeadas de origen calcáreo que en algunos lugares se extiende varios metros de profundidad, y cuando caminás por las hileras lo sentís bajo las botas: no es tierra blanda, es crujiente, pálida, casi lunar en algunos tramos. Un enólogo se agachó, literalmente, agarró un puñado de estas piedras y las dejó caer en mi palma como si me estuviera entregando una prueba en un juicio. Su argumento: esas piedras drenan rápido, reflejan el calor hacia arriba sobre la fruta durante el día, y obligan a las raíces a cavar hondo, y por eso el Malbec de Altamira sabe como sabe: más cerrado, más mineral, menos sobre la fruta mermelada y más sobre la estructura y ese filo sabroso, casi de sangre.
Admito que llegué escéptico, porque a los enólogos en todos lados les encanta hablar del suelo como si fuera destino. Pero probamos tres Malbecs uno tras otro: uno del fondo del valle cerca de la ciudad, uno de Vista Flores, uno de aquí, y el vino de Altamira era notablemente distinto, más cerrado y austero, necesitaba una buena hora en la copa para abrirse. Lia, que tiene un paladar mucho mejor que el mío, dijo que le recordaba más a un buen Syrah del Norte del Ródano que a nada que esperara de Argentina, cosa que nos sorprendió a los dos.

El distrito en sí es extenso y rural, piensen en caminos de tierra, canales de riego, nieve lejana en los picos, y buena parte todavía es tierra de cultivo más que un circuito de enoturismo como en el que se han convertido Vista Flores o Chacras de Coria. Eso es parte del encanto, honestamente. Visitamos dos productores en una tarde, ambos con cita previa, ambos bastante sin lujos comparados con las salas de degustación más pulidas de otras partes de Uco, y ambos mucho más interesados en hablar de perfiles de suelo que en vendernos souvenirs.

Recomendaría Altamira específicamente a cualquiera que ya haya hecho un par de catas en otras partes de Mendoza y quiera probar de verdad la diferencia que hacen la altitud y el suelo, en vez de que solo se la cuenten. No es la parada más llamativa de una ruta del vino, y no hay mucho que hacer aparte de catar y mirar piedras, pero de eso se trata.
Cuándo ir: Abril, justo al final de la vendimia, cuando se puede comparar la fruta recién cosechada con el suelo pedregoso del que salió; las mañanas son frescas y despejadas antes de que se levante el viento de la tarde.
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