Un pueblo pesquero de calles llanas donde duermen mosaicos romanos bajo el pavimento y todavía se amasan a mano los ñoquis de ricota.
Llegamos a Minori casi por accidente, desviándonos de la carretera costera después de que una mañana de curvas cerradas dejara a Lia un poco pálida. Lo que encontramos fue el primer terreno plano que pisábamos en dos días: un paseo marítimo de verdad a lo largo del agua, sin escaleras, sin escalar laderas, solo un tramo ancho de piedra donde señores mayores se sentaban con los pantalones remangados y niños perseguían una pelota hacia el oleaje. Después del caos vertical de Positano, Minori se sintió como exhalar.
La historia del pueblo me tomó por sorpresa. Esperaba barcas de pesca y limoneros, no una villa romana, pero ahí estaba, a pocos pasos de la playa: la Villa Marittima, desenterrada en 1932 y descansando en silencio bajo el nivel de la calle, como si nadie le hubiera avisado que el imperio ya terminó. Pagamos un par de euros para recorrer el ninfeo y las antiguas termas, y los suelos de mosaico geométrico seguían tan nítidos que me sorprendí revisando mis zapatos antes de pisarlos, un viejo hábito de las catedrales que claramente no venía al caso pero salió de todos modos.

La comida es donde Minori realmente me conquistó. Había leído en algún lado sobre los ‘ndunderi, esos ñoquis de ricota que algunos historiadores de la gastronomía creen que podrían ser un antecesor del ñoqui que conocemos hoy, y obligué a Lia a soportar toda una comida mientras interrogaba al pobre mesero al respecto. Él se encogió de hombros y dijo que su abuela los preparaba igual desde hacía sesenta años, salsa de tomate, un poco de albahaca, nada elaborado, y honestamente ese era todo el encanto. De postre pedimos una delizia de limón sfusato, y recuerdo pensar que los limones de aquí sabían casi florales comparados con los que conseguimos en México, más ácidos de aroma pero menos agresivos al paladar.

Lo que se queda conmigo de Minori no es ninguna atracción en particular, sino su ritmo. Los barcos comerciales medievales de Amalfi solían cargar y descargar justo aquí, y el lugar todavía conserva algo de trabajador y sin pretensiones, esa energía de puerto astillero que no se ha ido del todo aunque los barcos ahora sean sobre todo para turistas como nosotros. Cuándo ir: te recomendaríamos mayo o finales de septiembre, cuando la luz es suave y el paseo marítimo vuelve a pertenecer a los locales, en lugar de a las multitudes que pasan de largo hacia Positano en agosto.
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