Linares
"Linares hornea buenos dulces, tiene una catedral demasiado grandiosa para sus calles, y parece contenta de que la hayas encontrado."
Un pueblo colonial al pie de la Sierra Madre, Linares es la cuna de la saraviada y hogar de una catedral barroca que parece demasiado grandiosa para sus calles tranquilas. Los huertos de cítricos circundantes y el camino hacia el sur rumbo a la Sierra de Tamaulipas lo convierten en una base genuinamente útil, del tipo de pueblo que recompensa a quien llega sin expectativas.
Llegué un martes, que resultó ser exactamente lo correcto. El autobús desde Monterrey te deja en una terminal en las afueras del pueblo y un colectivo se encarga del resto. Para cuando llegué a la plaza ya había pasado el mediodía, el calor era plano y serio, y una señora mayor bajo un toldo de lona acomodaba saraviadas en una charola de plástico como si llevara haciéndolo desde antes de que yo naciera. Compré tres, me senté en una banca frente a la catedral, y pensé: este lugar no tiene ningún interés en actuar para nadie.
La catedral y la plaza
La Parroquia de San Felipe Apóstol ocupa el extremo norte de la plaza con la tranquila confianza de algo que sabe que, por lógica convencional, no debería estar aquí. Linares es un pueblo de quizás 80.000 habitantes, y esta no es una iglesia modesta. La cantería barroca de la fachada está trabajada con tanto detalle que te detienes a mitad de paso sin proponértelo. Adentro, está fresco y oscuro de esa manera particular de las viejas iglesias mexicanas, el aire con olor a cera derretida y flores cortadas que llevan demasiado tiempo en el agua. Los martes por la mañana algunas mujeres de los barrios cercanos vienen a orar; no hay ninguna actuación para los visitantes, lo cual hace que valga aún más la pena visitarla. La plaza a su alrededor transcurre despacio: un hombre vendiendo elotes desde un carrito, una farmacia con la puerta abierta, niños de la escuela cruzando exactamente a la 1:30, cuando termina el turno.

Saraviadas y el mercado
La saraviada es una pequeña almohadilla de pasta de azúcar, normalmente rellena de cajeta o fruta, y Linares se la adjudica como suya propia con el orgullo silencioso de un pueblo que ya dejó de discutir el punto. El mejor lugar para encontrarlas no es una tienda boutique, es el Mercado Hidalgo sobre la calle Dr. Coss, donde tres o cuatro vendedoras las venden junto a nopalitos, chiles secos y grandes ruedas de queso de cabra de los cerros cercanos. Comí en una fondita dentro del mercado: caldo de res con una pila de tortillas hechas a mano y una guarnición de frijoles charros que claramente llevaban desde la mañana en la estufa. Siete pesos por las tortillas. La señora del mostrador no preguntó si quería más, simplemente las puso ahí.

Hacia las estribaciones
El camino al sur de Linares, la Federal 58 hacia San Roberto, atraviesa huertos de cítricos antes de que la tierra empiece a plegarse hacia arriba en dirección a la Sierra de Tamaulipas. Contraté a un taxista llamado Rodrigo para una tarde de recorrido por las estribaciones; cobraba una tarifa fija de 300 pesos y se pasó el viaje explicando a qué familia pertenecía cada huerto. El aire se enfría notablemente conforme subes. No hay mucha infraestructura para visitantes por aquí, y ese es precisamente el punto. Uno va por la luz sobre los cerros y el olor a cítricos cuando bajas las ventanas.

Cómo llegar
ETN y Omnibus de México operan autobuses frecuentes desde la Central de Autobuses de Monterrey hasta Linares; el viaje dura unas dos horas y cuesta alrededor de 180 pesos. Desde la terminal de Linares, los colectivos hacia el centro salen constantemente y cuestan casi nada. No hay autobús directo desde la costa del Pacífico; planea una conexión a través de Monterrey.
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