Misrata
"Lia dijo que sentía que era la primera ciudad libia que veíamos que realmente estaba construyendo algo en lugar de recordar algo."
Una ciudad portuaria de carácter industrial donde las grúas de carga y las acerías dicen más sobre la Libia de hoy que cualquier ruina.
Misrata me impactó de forma distinta al resto de la costa. Después de días de ruinas y pueblos medio abandonados, llegamos a una ciudad que de verdad funcionaba: camiones haciendo fila en las puertas del puerto, el olor a metal caliente flotando desde el complejo siderúrgico a las afueras, hombres con chalecos reflectantes dirigiendo el tráfico en las rotondas como en cualquier ciudad industrial del mundo. Misrata es el segundo puerto del país después de Trípoli y eso se siente de inmediato, esa sensación de un lugar con un pulso económico real en lugar de uno que vive de la memoria.
Nos alojamos cerca de la calle Trípoli, que los locales siguen llamando así aunque los combates de 2011 destrozaron buena parte de ella; se pueden ver las fachadas marcadas por balas si se busca, pero la mayoría ha sido reparada y repintada, con tiendas que venden teléfonos, ropa y utensilios de cocina como si nada hubiera pasado. Nuestro anfitrión, un exmarino mercante llamado Fathi, nos llevó en coche hasta el puerto y habló todo el camino sobre cuánto acero mueve la ciudad ahora, cuántos barcos. Estaba orgulloso de una manera discreta, sin fanfarronear, simplemente contento de que su ciudad tuviera algo que mostrar además de su historia de guerra.

La parada que más se me quedó grabada fue el museo de guerra, un terreno abierto cerca del antiguo Edificio del Seguro donde han dejado tanques y vehículos técnicos calcinados del asedio de 2011, exactamente como quedaron. Es contundente y sin adornos de una manera que se sintió honesta: sin placas que lo embellecieran, solo metal retorcido bajo el sol y unos ancianos sentados cerca que tuve la impresión de que realmente habían estado allí. Fathi no dijo mucho mientras caminábamos por el lugar. No lo presioné.

Por la noche comimos en un lugar cerca del puerto pesquero, dorada a la parrilla y una ensalada de tomate con cebolla bien picante, y vimos entrar los barcos de pesca bajo las luces colgadas a lo largo del muelle. Es una escena pequeña, ordinaria, pero después de todos los lugares que habíamos visitado en ese viaje, lo ordinario se sintió como todo el sentido del asunto.
Cuándo ir: De finales de otoño a principios de primavera el calor costero es más manejable; organiza el transporte local y verifica las actualizaciones de seguridad con antelación, ya que el acceso puede cambiar rápidamente.
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