Yunotsu Onsen
"Todo el pueblo olía tenuemente a azufre y humo de leña, y no quería que eso parara."
Una aldea termal en la costa de San'in tan pequeña que su calle principal son apenas unas cuadras de ryokan de madera, conservada no como pueblo balneario sino como el auténtico puerto por el que la plata de Iwami Ginzan salía de Japón.
Estuvimos a punto de saltarnos Yunotsu. Es el tipo de punto en el mapa que no llama la atención, escondido en un pliegue de la costa de San’in donde la línea JR frena apenas un instante en una estación diminuta antes de seguir hacia Izumo. Pero una amiga de Hiroshima le había dicho a Lia, con ese tono específico que usa para las cosas que de verdad le importan, que no debíamos irnos de la región sin bañarnos ahí, y Lia no deja pasar esas recomendaciones. Así que bajamos del tren en un andén sin nadie más, caminamos cuesta abajo con un tenue olor a azufre en el aire, y encontramos una calle de oscuros ryokan de madera tan angosta que casi podías tocar los dos lados a la vez. Se sintió como llegar a algún sitio por accidente y descubrir que era el verdadero motivo del viaje.
Una calle congelada en madera y vapor
La calle principal de Yunotsu apenas mide unos cientos de metros, pero está llena de esos ryokan bajos, de fachada de madera, que la mayoría de los pueblos termales sustituyó por concreto hace décadas. Está designada como Área de Preservación del Paisaje Histórico, y al recorrerla de noche, pasando junto a la luz de los faroles que se derrama sobre los adoquines mojados y el murmullo bajo de los bañistas tras las mamparas correderas, entendí por qué. En su corazón hay dos casas de baños públicas, Yakushiyu y Motoyu Kusahara, ambas alimentadas por la misma fuente y ambas orgullosamente sin renovar, de esa forma que hace que un baño se sienta ganado en vez de decorado. Fuimos a Motoyu por la noche, sudando en menos de un minuto, y después nos sentamos en los escalones de madera de afuera a ver el vapor enroscarse sobre nuestros propios brazos en el aire fresco. Lia dijo que era el primer baño de todo el viaje que se sentía como un ritual y no como una comodidad.

El manantial del tejón
Todo pueblo de onsen tiene un mito de origen, y admito que me rinden los que involucran animales. La historia de Yunotsu cuenta que un monje notó a un tejón herido que se arrastraba cada día hasta el mismo punto de la orilla, remojando una pata trasera en el agua que burbujeaba desde la arena, y que días después regresaba completamente sano. Cavó donde el tejón se había bañado y encontró la fuente termal de la que el pueblo bebe desde entonces. Nadie en la recepción del ryokan supo decirme con exactitud qué tan antigua era la historia, solo que es mucho más vieja que los propios ryokan, y me gustó esa vaguedad: hacía que la leyenda se sintiera menos como marketing y más como algo realmente transmitido de generación en generación. Buscamos un santuario o una estatua que conmemorara al tejón y nunca dimos con ninguno, lo que de algún modo hizo todo el asunto más entrañable.

Donde la plata dejó Japón
Lo que hace a Yunotsu genuinamente inusual es que forma parte de la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO de Iwami Ginzan, no como una curiosidad al margen sino como uno de sus componentes activos: este fue el auténtico puerto desde el que se embarcaba la plata extraída tierra adentro, cargada en barcos rumbo a rutas comerciales que en su momento hicieron a la región globalmente relevante. Bajando hasta el pequeño puerto al pie del pueblo, pasando junto a barcas de pesca meciéndose en una cala apenas lo bastante grande para contenerlas, cuesta imaginar la escala de lo que alguna vez se movió por aquí. Localmente hay poco alboroto al respecto, ningún centro de interpretación reluciente, solo un tranquilo rompeolas de piedra y una vista de vuelta hacia los tejados de los ryokan. Lia y yo nos sentamos ahí un rato comiendo onigiri de tienda de conveniencia, intentando y fallando en imaginar lingotes siendo cargados en barcos en una cala tan pequeña.

Cómo llegar
Yunotsu está justo sobre la línea JR San’in, a pocas paradas de la estación de Oda-Shi cerca de Iwami Ginzan y a unos cuarenta minutos de Izumo en la otra dirección, así que combina de forma natural con una visita a las ruinas de la mina de plata. Los trenes en este tramo de la línea San’in circulan con poca frecuencia, así que revisa el horario antes de planear tu día en vez de asumir que puedes subirte cuando quieras. El propio pueblo se recorre entero a pie en veinte minutos, y la mayoría de los ryokan permiten a los visitantes de un día usar sus baños por una tarifa modesta si no te quedas a dormir, aunque conviene llamar antes, ya que algunas casas solo dan baño a sus huéspedes nocturnos. Si vienes de más lejos, Hiroshima e Izumo son ambas bases razonables, con algo de transbordo de tren de por medio.
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