Un macizo brumoso y casi prohibido en la frontera sur de Guinea, donde un sapo pare crías vivas y los chimpancés aún tallan piedra.
Había leído sobre el Monte Nimba durante años antes de que Lia y yo realmente nos paráramos frente a él, y aun así hicieron falta un permiso, un guía local llamado Sekou y unas cuatro horas preguntando por Lola antes de que nos autorizaran a entrar en la reserva propiamente dicha. No es una montaña que se recorra a la ligera. La cordillera se extiende por tres fronteras —Guinea, Costa de Marfil, Liberia— y todo el conjunto es Reserva Natural Estricta de la UNESCO desde 1981, lo que en la práctica significa que no te sales del sendero y no tocas nada que se mueva. Sekou repetía “c’est protégé” como advertencia y como motivo de orgullo al mismo tiempo.
El ascenso hacia el Monte Richard-Molard, el punto más alto en el lado guineano con 1.752 metros, fue más lento de lo que esperaba —no porque sea técnicamente difícil, sino porque la vegetación cambia tan rápido bajo tus botas que te detienes constantemente a mirar. El bosque de tierras bajas da paso a una inquietante pradera de montaña cerca de la cima, todo viento y nubes, y Sekou señaló nidos de chimpancés en la horqueta de un árbol sin romper el paso, contándonos —como quien menciona el clima— que aquí se ha documentado a los chimpancés usando herramientas de piedra para romper nueces. Me quedé ahí parado un minuto entero, procesándolo.

El animal por el que en realidad había venido, sin embargo, nunca se dejó ver. El sapo de Nimba —Nimbaphrynoides occidentalis— es una criatura diminuta, endémica de este macizo exacto, y no pone huevos: da a luz crías completamente formadas, algo tan extraño para un anfibio que Sekou me hizo repetirlo para asegurarse de que lo había entendido. Nunca vimos ninguno entre la hojarasca húmeda donde dijo que se escondían, y honestamente creo que ese casi-encuentro hizo que la montaña se sintiera más real, no menos. Esto no es un parque de vida silvestre con avistamientos garantizados. Es un lugar donde lo más raro sigue siendo raro.

Lo que más se me quedó grabado, sin embargo, fue algo que Sekou dijo casi de pasada en el camino de bajada: que el mineral de hierro bajo nuestros pies ha atraído interés minero desde la era colonial, y que la disputa entre extraerlo y dejarlo en paz es prácticamente tan antigua como el propio estatus protegido de la reserva. Al pisar un terreno tan valioso y tan frágil a la vez, uno empieza a entender por qué cada paso aquí se siente un poco negociado.
Cuándo ir: Apunta a la temporada seca, de noviembre a marzo —los senderos se afirman, las nubes se despejan con más frecuencia y tus probabilidades de ver vida silvestre (chimpancés incluidos, si tienes paciencia y suerte) aumentan considerablemente.
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