El ancho río Akobo, de aguas marrones, bordeado de juncos con canoas de tronco varadas en la orilla
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Akobo

"Akobo es el primer lugar donde he estado en el que el río era literalmente el único camino."

Un pueblo ribereño remoto a lo largo del río Akobo, cerca de la frontera con Etiopía, al que se llega sobre todo por avión, donde la cultura ganadera y el agua lo definen todo.

Llegué a Akobo en un pequeño vuelo chárter de la ONU que salía de Yuba, con escala en Malakal, para visitar a un amigo de la universidad que trabajaba allí en un programa de agua y saneamiento. No hay ningún camino real que conecte Akobo con el resto del país de forma fiable; todo se mueve en avión o por el propio río, que además es la frontera, con Etiopía en la orilla opuesta lo bastante cerca como para que pudiera pasarme toda la tarde viendo gente cruzar de un lado a otro en canoas de tronco desde una silla de plástico frente al tukul de mi amigo.

El pueblo se extiende casi por completo a lo largo de esa orilla, un puñado de tukuls con techos cónicos de paja y un mercado que cobra vida sobre todo cuando aterrizan los aviones de suministro. Akobo está en pleno territorio ganadero nuer, y se notaba en todo: hombres caminando con las lanzas largas y los bastones curvos que antes solo había visto en fotografías, campamentos de ganado visibles al otro lado de la llanura inundable donde los pastores quemaban fuegos de estiércol para mantener alejadas a las moscas que pican a los animales. Mi amiga me explicó que en la cultura nuer el ganado no es solo riqueza, es prácticamente familia: tiene nombre, se le canta, es central en las negociaciones matrimoniales, y en cuanto me lo dijo, todo el ritmo del pueblo cobró más sentido para mí.

Humo de un campamento de ganado elevándose sobre la llanura inundable a las afueras de Akobo, con pastores nuer y ganado de cuernos largos

Las tardes fueron, sinceramente, lo mejor. Nos sentábamos junto al río mientras la luz se volvía dorada y luego gris, viendo a los pescadores remar de vuelta con la pesca del día ensartada en un alambre, niños jugando a lo que parecía una versión idéntica de un juego que había visto hacer a niños en un pueblo cerca de Oaxaca: lanzar piedrecitas a un agujero cavado en la tierra. Mi amiga me contó que algunos años Akobo se inunda tan gravemente que el pueblo entero se convierte prácticamente en una isla, y ese año había sido de los peores, con agua todavía estancada en las partes bajas de la temporada anterior cuando la visité, en plena época seca.

Canoas de madera talladas en tronco alineadas en la orilla fangosa del río Akobo al atardecer

Solo me quedé tres días, en parte porque la logística para entrar y salir de Akobo es realmente ajustada y no conviene quedarse atrapado esperando un vuelo chárter retrasado sin plan B. Pero dejó una de las impresiones más fuertes de todo el viaje: un lugar que, más que cualquier otro que vi en Sudán del Sur, se sentía definido por completo por su río, su ganado y su distancia de todo lo demás.

Cuándo ir: Mantente en la temporada seca, aproximadamente de diciembre a marzo, tanto por el acceso (los vuelos son mucho más fiables) como porque los meses de lluvia pueden dejar buena parte del pueblo bajo el agua.