Luz solar entrando por la boca de una enorme cámara caliza en el Parque de las Cavernas del Río Camuy
← Puerto Rico

Parque de las Cavernas del Río Camuy

"Hay cuevas que uno visita. En esta, uno desaparece."

En pleno karst de Puerto Rico, una cueva de un millón de años se traga un río y un buen pedazo de luz de día con él.

Había leído el dato antes de ir —el tercer río subterráneo más grande del mundo— y aun así no lo creí del todo hasta que estuve parado al borde de él, en la oscuridad, escuchando al Río Camuy abrirse paso por una roca que lleva tallando desde hace un millón de años. Lia me agarró del brazo en el tranvía que baja hasta el sumidero, entre risas y algo de nervios, porque los árboles simplemente desaparecen y uno empieza a descender hacia algo que se extiende bajo los municipios de Camuy, Hatillo y Lares. El parque abrió al público en 1986, después de décadas de espeleólogos mapeando pasajes de los que casi nadie fuera de Puerto Rico había oído hablar, y al entrar se siente esa historia lenta y cuidadosa: esto no se construyó de la noche a la mañana para turistas, se lo ganaron.

Tranvía descendiendo hacia la entrada boscosa del sumidero en el Parque de las Cavernas del Río Camuy

La Cueva Clara es la cámara que te deja sin palabras. Ya había estado en cuevas antes —pequeñas, de esas donde uno va agachado y arrastrando los pies— pero nada me preparó para un techo tan alto y un suelo tan ancho que nuestro guía nos dijo que cabían varias cuadras de ciudad completas, con espacio de sobra. Nuestras voces simplemente se perdían ahí dentro. Las estalactitas colgaban como si algo goteara en cámara lenta, y en cierto modo así era: cada formación ahí adentro tardó más de un millón de años en tomar la forma que estábamos viendo, gota mineral a gota mineral, mucho antes de que existiéramos ninguno de los dos.

Imponentes formaciones de estalactitas y estalagmitas dentro de la cámara de la Cueva Clara

Pero lo que más se me quedó grabado no fue el tamaño, sino el río mismo, negro y veloz en el fondo de la cueva, cortando la piedra caliza con una indiferencia que me hizo sentir muy pequeño, de la mejor manera posible. Lia se detenía a cada rato para señalar murciélagos que se movían en algún punto de la oscuridad, y yo no dejaba de pensar en cómo este sistema seguía y seguía, mucho más allá de donde nos llevaba el recorrido, más profundo en Camuy, Hatillo y Lares de lo que la luz del día jamás ha llegado.

Cuándo ir: Nosotros fuimos un día entre semana por la mañana y me alegra haberlo hecho —vayan temprano si pueden, porque el parque limita la cantidad de boletos de recorrido por día y sí se agotan, sobre todo cuando llegan las multitudes del fin de semana.