Vista amplia de la laguna de Mar Chiquita con aves vadeadoras y pastizales de duna al atardecer
← Pampas

Laguna de Mar Chiquita

"Vine por los pájaros y me quedé por el silencio: Mar Chiquita no necesita gritar."

Una laguna salobre detrás de las dunas al norte de Mar del Plata, donde vadean los flamencos y la pampa se encuentra en silencio con el mar.

No había planeado parar en Mar Chiquita. Lia y yo íbamos manejando por la costa desde Mar del Plata, pensando a medias en pueblos de playa y empanadas, cuando un amigo de Buenos Aires me escribió: “si te gustan los pájaros, salite de la ruta 30 km antes.” Lo hicimos, y a los veinte minutos de estacionar cerca de la boca de la laguna entendí por qué. El lugar se abre casi sin aviso: una enorme lámina de agua salobre apretada entre la duna y el pastizal pampeano, conectada al Atlántico por un canal angosto que, desde donde estábamos, apenas parecía lo bastante ancho para dejar pasar los botes de pesca.

Lo primero que me llamó la atención no fue el tamaño del lugar sino lo mezclado que se sentía. En el espacio de una sola caminata cruzamos un marjal salado, después duna blanda, y luego pampa llana y verde que bien podría haber estado cincuenta kilómetros tierra adentro. Había leído que esta mezcla de ecosistemas es poco común en la costa argentina, y que la UNESCO la declaró Reserva de Biósfera en 1996, pero leer un dato y estar parado dentro de él son cosas distintas. Lia se detenía todo el tiempo a señalar pájaros que no sabía nombrar, y honestamente yo tampoco: la reserva dice albergar más de 200 especies, y esa tarde le creí a cada una de ellas escondida en los juncos.

Flamencos vadeando en las aguas poco profundas de la laguna de Mar Chiquita

Encontramos un lugar cerca de la boca de la laguna, próximo al pueblo de pescadores que llaman Camet, y vimos una fila de flamencos trabajar los bajíos con esa manera pausada, casi mecánica, que tienen: cabeza abajo, apenas rizando la superficie. Más lejos, un par de cisnes de cuello negro pasaron flotando frente a un pescador que desenredaba sus redes, la misma escena tranquila y práctica que, al parecer, se repite acá desde hace generaciones, mucho antes de que a alguien se le ocurriera protegerla. Comí una torta frita en un puesto junto al agua mientras Lia fotografiaba a los cisnes, y me acuerdo pensando en lo distinto que se sentía todo esto de los pueblos de playa abarrotados apenas al sur.

Un bote de pesca desgastado descansando cerca del angosto canal de Camet

Antes de irnos cometí el error de mencionarle “Mar Chiquita” a un amigo en México, que enseguida me mostró fotos del enorme lago salado de Córdoba, un lugar completamente distinto, a horas tierra adentro, sin nada de las dunas ni las mareas de esta laguna. Es una confusión fácil, y una que corrijo con gusto para quien pregunte: esta Mar Chiquita es costera, salobre, y lo bastante pequeña como para recorrerla a pie en una tarde, que es justo lo que la hizo sentir tan íntima.

Cuándo ir: Yo apuntaría a la primavera o el otoño, cuando pasan las aves migratorias y el clima costero se mantiene templado y manejable; evitá la temporada abarrotada de enero-febrero si querés tener la laguna para vos.