El horizonte polvoriento de Hargeisa al atardecer, con minaretes elevándose sobre edificios bajos de concreto
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Hargeisa

"Nadie más sabía dónde estábamos, y por una vez eso me pareció justo el punto."

Una capital reconstruida donde un MiG derribado sirve de monumento y las caravanas de camellos siguen comerciando khat bajo las acacias.

Reconozco que me tomó tres conversaciones distintas con nuestro fixer, Yusuf, antes de creer de verdad que Somalilandia emite su propia visa a la llegada. Lia no dejaba de dar vueltas al pasaporte entre las manos, como si fuera a explicarse solo, ese pequeño librito gris de un país que, sobre el papel, no existe. Aterrizamos en Hargeisa poco después del mediodía, el calor aplastándose contra el asfalto, y en veinte minutos ya estábamos sentados en el Land Cruiser de Yusuf, con botellas de Coca-Cola tibia en la mano y un repaso de todo lo que no podíamos fotografiar. Es una sensación extraña llegar a un lugar que se gobierna solo —moneda, parlamento, control de pasaportes— desde 1991, y que casi nadie fuera del Cuerno de África sabría ubicar en un mapa.

El memorial de guerra me tocó de una forma que no esperaba. Es solo un caza MiG, montado con el morro hacia arriba sobre un pedestal en medio de una rotonda, pero la base de concreto está cubierta de murales pintados que muestran el bombardeo que arrasó esta ciudad en 1988 —y el propio avión es del mismo tipo que lo hizo, derribado sobre Hargeisa durante la guerra civil. Lia se quedó un buen rato leyendo el texto en somalí que no podía traducir del todo, y un adolescente que vendía saldo para celulares terminó narrándonos media historia en un inglés decente, sin que se lo pidiéramos, como si lo hubiera hecho cien veces para visitantes. Cosa que, sospecho, había hecho.

El memorial de guerra de Hargeisa con su caza MiG montado contra un cielo pálido

Lo que no esperaba era lo viva que se siente la ciudad hoy. Caminamos por el mercado de ganado al amanecer —sobre todo cabras, algunos camellos que se negociaban en un lenguaje de gestos y números repetidos— y a media mañana el mercado de khat, unas calles más allá, ya estaba en plena actividad, con camiones llegando desde las tierras altas de Etiopía con manojos envueltos en plástico y hojas de plátano, hombres revisando los ramos para comprobar su frescura antes de que empezaran las sesiones de masticado por la tarde. A nadie pareció importarle que dos extranjeros anduvieran con la cámara medio levantada. Algunos sonrieron. Uno insistió en que probara una hoja, lo cual hice, y me arrepentí un poco, el amargor duró más de lo que esperaba.

Vendedores clasificando manojos de hojas de khat en el mercado matutino de Hargeisa

Usamos Hargeisa sobre todo como punto de partida —Laas Geel era el verdadero atractivo, esas pinturas rupestres ocres de ganado y pastores a un par de horas de distancia, con miles de años de antigüedad y apenas visitadas— pero la ciudad se sostuvo por sí sola. No es cómoda en ningún sentido convencional: polvorienta, calurosa, con poca de la infraestructura que doy por sentada en Ciudad de México. Pero se está reconstruyendo a plena vista, sin reconocimiento del mundo y completamente indiferente a ese hecho, y hay algo en esa terquedad en lo que sigo pensando.

Cuándo ir: Nosotros fuimos en diciembre, y recomendaría a cualquiera esa ventana de noviembre a febrero; fuera de ella, entre mayo y septiembre, el calor y la sequía convierten toda la meseta en algo considerablemente menos hospitalario.