Colinas de pasto tussac de la Isla Weddell bajo un amplio cielo de las Malvinas
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Isla Weddell

"Hay lugares que no quieren dejarse alcanzar fácilmente, y la Isla Weddell se encargó de que lo supiéramos."

Una granja ovina azotada por el viento en el fin del mundo, donde los refugios de un lobero varado y un siglo de crianza silenciosa sobreviven a cualquier visitante.

Llegar a la Isla Weddell requiere esfuerzo, y precisamente eso fue lo que me convenció de que teníamos que ir. Lia encontró el vuelo chárter que sale de Stanley casi por casualidad, revisando opciones después de nuestra segunda semana en las Malvinas, y recuerdo que giró la laptop hacia mí y simplemente dijo “la más grande de las islas exteriores”. Con eso bastó. Aterrizamos en una pista de pasto con el viento tratando de arrancarle la puerta al piloto de las manos, y en cuestión de minutos entendí por qué esta isla se llamaba antes Isla Swan, antes de que la renombraran en honor a James Weddell: aquí todo parece pertenecer más a las aves y al agua que a nosotros.

Lo que más se me quedó grabado no fue el paisaje, aunque el paisaje es imponente. Fue pararme cerca de donde el lobero estadounidense Charles Barnard quedó varado en 1813 con cuatro de sus tripulantes, e imaginarlos construyendo refugios con lo que la isla les ofrecía, esperando un barco que tardó demasiado en llegar. Nuestro guía, un capataz curtido que había vivido toda su vida en Weddell, contó la historia sin ningún dramatismo, como si fuera simplemente parte de la memoria de la tierra. Esa tarde comí un guiso de cordero en una mesa con vista al agua y no pude dejar de pensar en lo delgada que era la línea entre la odisea de Barnard y nuestra cómoda curiosidad de turistas.

Restos de un refugio de madera desgastado cerca de la costa de la Isla Weddell

La era de Hamilton es lo que en realidad da forma a la isla hoy. El emigrante escocés John Hamilton convirtió a Weddell en una operación ovina seria a partir de la década de 1880, y esa ambición todavía se siente en las líneas de cercas y los galpones de esquila repartidos por el interior. A Lia le fascinó más la historia del Penelope, el barco que Hamilton mantuvo amarrado en el asentamiento hasta la década de 1950: originalmente el buque alemán Feuerland, usado alguna vez por el aviador Gunther Pluschow. Nos quedamos parados en el muelle donde solía atracar, y traté, casi sin éxito, de imaginar que el barco de un pionero alemán de la aviación terminara sus días aquí, amarrado a la rutina de una granja ovina en el borde del Atlántico Sur.

Ovejas pastando cerca del Asentamiento Weddell con edificios de granja desgastados de fondo

El Asentamiento Weddell en sí es diminuto, apenas un puñado de edificios en la costa este resistiendo al viento, y el resto de la isla sigue funcionando como campo de trabajo y como reserva de vida silvestre a partes iguales. Pasamos nuestra última tarde caminando por la orilla cerca del asentamiento, viendo a los caranchos pavonearse entre el pasto tussac como si fueran los dueños del lugar, lo cual, para ser justos, en gran medida lo son.

Cuándo ir: Nosotros fuimos en enero, en pleno verano austral, y le recomendaría a cualquiera la ventana de noviembre a febrero: el clima se suaviza lo justo para que valga la pena el largo viaje por la observación de vida silvestre.

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