Un gigante de basalto que se alza sobre las nubes en Gran Canaria, sagrado para los guanches y aún capaz de detenerte en seco.
Lia lo vio primero, desde la curva debajo de Ayacata: ese pulgar oscuro de piedra clavado en el cielo como si tuviera algo que demostrar. Habíamos dejado el coche en el aparcamiento de grava poco después de las siete, con los termos de café ya medio vacíos, y para cuando el sendero se allanó sobre la meseta, toda su forma cobró sentido: un monolito de basalto de 80 metros, solo en una cresta a 1.813 metros de altitud, con pinta de haber caído ahí en lugar de haber crecido. No se ha movido en 4,5 millones de años. Todo a su alrededor, la roca volcánica más blanda que solía acompañarlo, se fue erosionando a lo largo de eones y dejó a Roque Nublo de pie, solo, que es exactamente el tipo de tozudez geológica que admiro.
La caminata en sí es generosa con los principiantes, cosa que me sorprendió. Noventa minutos ida y vuelta, mayormente tierra compacta y algunas curvas rocosas, nada que hiciera a Lia arrepentirse de sus zapatillas. Lo que le falta en castigo físico lo compensa en drama de altitud: el pinar se va abriendo, la luz se vuelve más nítida, y Roque Nublo no deja de crecer en tu visión periférica hasta que te encuentras al pie, con el cuello estirado como un turista frente a una catedral. Que, en cierto modo, lo es.

No dejé de pensar en los guanches durante ese último tramo. Este lugar les importaba mucho antes de que alguien lo llamara Monumento Natural, cuando era un sitio ceremonial para gente que leía los huesos volcánicos de la isla mejor que cualquier geólogo. De pie en la base, con la mano apoyada en la roca calentada por el sol, lo entendí. Hay una quietud allí arriba que no tiene nada que ver con las vistas, aunque las vistas ayudan: en una mañana despejada se puede ver el Teide de Tenerife flotando sobre el agua como un espejismo, algo que se sintió como si me entregaran de un vistazo todo el árbol genealógico del archipiélago.
Nos sentamos con una bolsa de almendras y vimos llegar la neblina desde la costa, puntual como un reloj, tragándose las laderas bajas mientras la cumbre seguía iluminada de dorado. Ese es el trato que nadie te cuenta: si llegas demasiado tarde, terminas caminando entre sopa de nubes.

Cuándo ir: Apunta a los meses de octubre a abril, cuando el aire es más fresco y el sendero no se convierte en un horno a media mañana, y sal temprano, antes de que las nubes y la neblina del mediodía se roben la vista por la que subiste.
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