Leticia
"Tres países, un solo río, y una frontera que nunca logré encontrar de verdad."
El improbable extremo sur de Colombia, donde tres países se difuminan en un solo pueblo fluvial y la selva empieza en el borde del mercado.
Aterricé en Leticia sin terminar de creer que seguía en Colombia. Aquí no hay carretera — se llega volando sobre un techo verde ininterrumpido o subiendo por el río — y cuando el avión inclinó el ala sobre el agua ya había perdido la noción de qué orilla pertenecía a qué país. Lia se asomó por la ventana y solo dijo: “entonces esto es”, señalando un manchón de tejados que resultó ser Tabatinga, Brasil, tan cerca que nuestro taxista bromeó después diciendo que cruzaba a almorzar allá más seguido de lo que nosotros cruzamos la calle en México.
Esa primera tarde caminamos desde el hotel hasta el Malecón sin ningún plan concreto, y terminamos quedándonos dos horas. Leticia es la ciudad más austral de Colombia, situada justo donde se encuentran Colombia, Brasil y Perú, y eso se nota en los detalles más pequeños: el acento cambiando de cuadra en cuadra, un niño vendiendo mangos peruanos en reales brasileños junto a un puesto que solo acepta pesos colombianos. Literalmente no hay ningún puesto de control entre Leticia y Tabatinga; entramos a Brasil a tomar una cerveza sin que nadie sellara nada, y se sintió menos como cruzar una frontera que como cambiar de barrio.

A la mañana siguiente contratamos una barca hacia el Parque Nacional Amacayacu, y ahí fue cuando Leticia dejó de sentirse como un pueblo para sentirse como un umbral. Nuestro guía, un hombre callado llamado Wilmer que había crecido en el río, señalaba delfines rosados saliendo a la superficie cerca de la orilla como si nada, y luego nos llevó pasando por Isla de los Micos, donde monos ardilla se acercaron directo a la barca buscando fruta que Lia no sabía que debía haber traído. No dejaba de pensar en lo joven que es técnicamente esta ciudad como territorio colombiano: fundada en 1867 como un asentamiento peruano llamado San Antonio, cedida a Colombia recién en 1922, y aun así brevemente retomada por Perú durante un tenso enfrentamiento a principios de los años treinta, antes de que mediadores internacionales resolvieran el asunto. Nada de esa historia se siente ruidosa aquí, pero se percibe su huella en la fluidez con que las tres nacionalidades todavía se entremezclan.

Para nuestra última noche ya habíamos caído en un ritmo: café en el mercado antes de que apretara el calor, tardes largas y lentas sobre el agua, cena donde oliera a pescado fresco. Leticia no es un lugar que se conquista con una lista de pendientes; es un lugar por el que uno se deja llevar, y me fui pensando menos en lo que había visto y más en lo extraño y maravilloso que es que una ciudad pueda pertenecer tan por completo a un río en vez de a un país.
Cuándo ir: Fuimos durante la temporada de aguas bajas, aproximadamente de julio a octubre, y lo recomiendo: las orillas y los senderos de la selva alrededor de Amacayacu son mucho más accesibles cuando el nivel del agua baja, aunque conviene preguntar en el lugar, porque el río escribe su propio calendario cada año.
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