
Wind Cave
"El guardaparques sostuvo una cinta frente a la boca de la cueva y salió disparada, tensa como una regla: la colina estaba exhalando, y estábamos a punto de entrar en sus pulmones."
Una pradera de Dakota del Sur donde pastan bisontes sobre una de las cuevas más largas del mundo, un laberinto oscuro famoso por su rara formación en panal llamada boxwork. En la superficie, la pradera de pastos altos se extiende hasta el horizonte; debajo, la roca respira.
Lo primero que se aprende en Wind Cave es que su nombre se ganó a pulso. Antes de bajar, un guardaparques se agachó junto a la pequeña entrada natural y sostuvo una tira de cinta de agrimensor frente a la abertura, y la cinta quedó horizontal, recta como una regla, tirada por el aire que escapaba del suelo. Cuando la presión barométrica cambia, la cueva inhala y exhala por ese agujero del tamaño de un puño con una fuerza que los lakota conocían mucho antes que cualquier agrimensor: este es un lugar sagrado, el punto de emergencia en su historia de la creación, y de pie ahí, con la colina respirando sobre mi mano, entendí por qué. Lia se rió, un poco nerviosa, y dijo que se sentía como si la tierra estuviera decidiendo si dejarnos entrar.
El boxwork bajo la hierba
Bajando por las escaleras de concreto hacia el fresco constante de unos diez grados, Wind Cave deja de ser una curiosidad y se convierte en algo genuinamente extraño. Esta es una de las cuevas más largas del planeta, con más de 240 kilómetros de pasajes mapeados hasta ahora, plegados en un trozo de tierra sorprendentemente pequeño, y es famosa por una formación que apenas se ve en otro lugar: el boxwork. Delgadas aletas de calcita sobresalen de techos y paredes formando un panal de celdas entrelazadas, como una colmena convertida en piedra, tan delicada que todo el techo parece tejido. El noventa y cinco por ciento del boxwork conocido en el mundo está aquí, y en el recorrido de la Entrada Natural nuestro guía apagó las luces un momento para que sintiéramos la oscuridad verdadera: total, ingrávida, del tipo al que los ojos nunca se acostumbran.

Una pradera llena de animales
Lo que más me sorprendió fue que la superficie es tanto parte del parque como la cueva misma. Sobre el laberinto se extiende una de las últimas praderas de pastos mixtos intactas del país, un mar ondulante de hierba bordeado de pinos ponderosa donde las llanuras se encuentran con las Black Hills. Recorrimos el camino del parque al amanecer y tuvimos que esperar mientras una manada de bisontes cruzaba despacio, terneros del color de la canela trotando para no quedarse atrás. Berrendos se movían por las crestas, perritos de la pradera montaban guardia sobre sus colonias y ladraban a nuestro paso, y un coyote trotó por el arcén sin dedicarnos ni una mirada. Es un parque pequeño para los estándares del oeste, fácil de sentir como propio, y esa intimidad es su encanto.

Caminando por el mundo de arriba
Pasamos una tarde en los senderos de la superficie, algo que casi nadie hace, y los tuvimos enteramente para nosotros. El circuito de Rankin Ridge sube hasta un mirador de vigilancia de incendios con una vista sobre todo el sur de las Black Hills, los pinos cediendo paso a la hierba en todas direcciones. Más abajo, Cold Brook Canyon y el sendero de Wind Cave Canyon siguen cauces secos donde los venados descansan a la sombra y el único sonido es el viento entre la hierba y algún que otro pájaro cantor de las praderas. Al final del día la luz se vuelve larga y dorada, el boxwork olvidado bajo nuestros pies, y cuesta creer que las agujas de granito y las multitudes turísticas de Custer y el Monte Rushmore estén a solo un corto trayecto al norte.
Cómo llegar
Wind Cave se encuentra en el sur de las Black Hills de Dakota del Sur, a una hora al sur de Rapid City, el aeropuerto más cercano, y justo debajo de Custer State Park; ambos comparten frontera y una manada de bisontes errante, así que conviene combinarlos. Los recorridos por la cueva funcionan todo el año, pero solo con boleto guiado por un guardaparques comprado en el centro de visitantes; en verano se agotan, así que conviene llegar temprano o reservar con anticipación. La primavera y el otoño son ideales en la superficie, con temperaturas agradables y animales en movimiento; la cueva en sí mantiene la misma temperatura fresca todos los días del año, así que conviene llevar una capa de abrigo sin importar la estación.
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