Filas de sombreros de fibra de palma terminados, apilados por tamaño de ala en un taller de Sahuayo, luz de media mañana entrando por una sola ventana
← Michoacán

Sahuayo

"Vine por un sombrero, me quedé tres horas viendo garzas en la Ciénega, y salí con la mejor compra que hice en todo Michoacán."

Sahuayo es un pueblo sombrerero en activo en la orilla michoacana de la Ciénega de Chapala, donde los maestros sombrereros todavía producen los sombreros de ala ancha de palma y lana que los rancheros del occidente de México manejan horas para venir a comprar. El tianguis del jueves congrega a toda la región, y el humedal contiguo ofrece algunos de los mejores avistamientos de aves temprano en la mañana de todo el estado.

Vine por un sombrero. Suena a una excusa débil para un desvío de la carretera hacia Guadalajara, pero el hombre en Jacona que me señaló el camino había sido específico —no cualquier sombrero, insistió, un sombrero de Sahuayo, del tipo que los rancheros de Jalisco y Colima todavía cruzan límites estatales para comprar. El pueblo te recibe sin ceremonia: una plaza central con laureles que dan una sombra decente por la tarde, una catedral sustancial sin ser ostentosa, puestos de carnitas abriendo desde las nueve. Y entonces encuentras los talleres en las calles detrás del mercado, y Sahuayo se convierte en algo que valió la pena el viaje.

Los sombreros

Lo que hace Sahuayo no son los sombreros teatrales que se venden en los mercados turísticos —esas cosas anchas y doradas con lentejuelas que cuelgan de las paredes de los bares en Cancún. Estos son sombreros de trabajo: fibra de palma y lana, tejidos con fuerza, moldeados sobre formas de madera que las familias han heredado a través de generaciones. Las versiones de palma fino tardan días en terminarse. Uno bueno repele la lluvia, mantiene su forma después de años de uso, y tiene un ala más ancha que cualquier cosa que encontrarías en una tienda departamental —porque esa anchura existe por una razón: sombra al mediodía en julio, en algún punto del Bajío.

Los talleres se agrupan sobre la calle Degollado y las cuadras alrededor. La mayoría son talleres de frente abierto donde puedes ver el tejido en proceso sin que nadie te presione para comprar. Los precios son honestos: un sombrero de trabajo de gama media va de 400 a 800 pesos, menos de lo que pagarías por una reproducción mediocre en otro lado. Pasé cuarenta minutos en un taller hablando con una mujer cuya abuela había aprendido la técnica en el mismo cuarto. Compré dos sombreros y negocié una caja de cartón para protegerlos. El hombre en el mostrador pareció ligeramente divertido de que yo necesitara una caja para proteger unos sombreros diseñados para sobrevivir al trabajo de campo.

Artesano tejiendo un sombrero de fibra de palma sobre una forma de madera en un taller de Sahuayo

La Ciénega de Chapala

La Ciénega de Chapala fue desecada casi por completo a lo largo del siglo veinte —convertida en tierra de cultivo, el agua redirigida por una serie de proyectos que hoy nadie describe con orgullo. Lo que existe hoy es una recuperación parcial, quizás una tercera parte del humedal original, pero lo recuperado está vivo de una manera que te detiene en seco. Fui a las seis y media de la mañana, antes de que se asentara el calor, y la luz sobre el agua tenía ese color ámbar bajo que hace que todo se vea más importante de lo que en realidad es.

Me quedé tres horas. Había garzas azuladas trabajando los bajíos con método, garzas blancas agrupadas cerca de los carrizales, ibis de cara blanca llegando en pequeñas bandadas curvas, y una especie de pato buceador oscuro que no pude identificar de memoria. El camino de acceso desde la libre hacia Jiquilpan te lleva a un terraplén sin pavimentar donde puedes estacionarte y caminar por la orilla. Sin infraestructura, sin señalamientos, sin costo de entrada. Dos veces, un ranchero a caballo pasó detrás de mí sin decir nada, lo que de alguna manera completó la escena.

Neblina temprano en la mañana sobre el humedal de la Ciénega de Chapala, una garza blanca de pie en los bajíos

El tianguis del jueves

El mercado del jueves es la razón por la que medio municipio circundante tiene calles tranquilas ese día —todo mundo está en Sahuayo. Se extiende desde el mercado municipal hacia las calles y estacionamientos aledaños, y para las ocho de la mañana ya está denso. La zona de comida es el atractivo honesto: birria de res de vendedores que se instalan antes del amanecer, atole de guayaba servido en tazas de cerámica, queso fresco de ranchos de tierra de lago, gorditas rellenas de requesón. Cometí el error de sentarme a comer en un restaurante cerca de la plaza —un pozole competente, olvidable— y después corregí el rumbo a cinco pesos la pieza en un comal cerca de los puestos de queso. El jueves es el único día para estar en Sahuayo.

El tianguis del jueves en pleno movimiento, queso fresco y gorditas sobre una mesa de madera en un puesto del mercado

Cómo llegar

Sahuayo está sobre la Carretera Federal 35, unos cuarenta minutos al oeste de Zamora y noventa minutos al sureste de Guadalajara. Desde Morelia, calcula unas dos horas y media por la cuota. Autobuses de segunda clase conectan con regularidad desde la terminal central de Zamora y desde la Nueva Central Camionera de Guadalajara. No hay presencia de ADO aquí —esto es territorio de ETN y Autovías, o combis locales desde Jiquilpan si ya estás en esa esquina de Michoacán.

Sigue explorando

Más de Michoacán

Michoacán

Sigue explorando

Más de Michoacán

Jiquilpan
mexico

Jiquilpan

Jiquilpan es una pequeña ciudad en la zona fresera del occidente de Michoacán, notable sobre todo por ser el lugar de nacimiento de Lázaro Cárdenas — el presidente que nacionalizó la industria petrolera de México en 1938, quizás el acto económico más trascendente del siglo XX mexicano. La casa donde nació es hoy un centro cultural con documentos, fotografías y los efectos personales de un hombre que redistribuyó más tierra entre los campesinos mexicanos que nadie antes ni después. La Biblioteca Pública tiene murales de Orozco.

Explore
Jiquilpan
mexico

Jiquilpan

Un tranquilo pueblo colonial en el occidente de Michoacán, Jiquilpan alberga uno de los ciclos murales más asombrosos de México — José Clemente Orozco cubriendo todo el interior de una biblioteca pública — junto con el legado de nacimiento de Lázaro Cárdenas y un mercado dominical que todavía se sostiene con carnitas y conversación sin prisa.

Explore
Cotija
mexico

Cotija

Este pequeño Pueblo Mágico de Michoacán le dio su nombre al queso añejo, picante y desmoronable que se encuentra en cada tostada de México — llegar aquí se siente como descubrir el origen de algo que siempre diste por sentado. La barroca Parroquia de San José preside una elegante plaza colonial, mientras los ranchos que salpican las colinas circundantes llevan cuatro siglos produciendo la misma rueda intensa de la misma manera.

Explore
Tingüindín
mexico

Tingüindín

Un pequeño pueblo purépecha en pleno corazón aguacatero de Michoacán, donde el tianguis dominical se desborda de fruta que no se encuentra en ninguna ciudad y una capilla abierta del siglo XVI mantiene una conversación silenciosa con los huertos que la rodean.

Explore
Tingüindín
mexico

Tingüindín

Un pequeño pueblo purépecha en el corazón fresero de Michoacán, Tingüindín es de esos lugares donde la actividad principal es comer fresas con crema en una mesa de plástico junto a la plaza y ver cómo transcurre la mañana. Las colinas alrededor se despliegan en campos de fresa que se vuelven rosa-blanco en primavera, y los vendedores al borde de la carretera venden charolas de fruta por kilo a un precio menor de lo que cuesta pensarlo.

Explore
Zamora
mexico

Zamora

Zamora es conocida por dos cosas que a primera vista no tienen nada que ver entre sí: una colosal catedral neogótica inacabada que se cierne sobre el centro de la ciudad como una promesa congelada, y el hecho de que produce más rosas cortadas que casi cualquier otro lugar de México. Los mercados de flores ya justifican el viaje por sí solos.

Explore