Mercado Jamaica
"Hay mercados de flores, y luego está Jamaica — el tipo de lugar que te hace entender por qué los mexicanos inventaron el arte de la ofrenda."
Tres hectáreas de flores cortadas, hierbas secas y coronas fúnebres apiladas seis metros de altura — el Mercado Jamaica opera a una escala que hace que cualquier otro mercado de la Ciudad de México parezca provinciano. Los vendedores llevan décadas llegando desde las tres de la madrugada. Ve al amanecer, con expectativas bajas de espacio personal y altas de todo lo demás.
Llegué al Mercado Jamaica a las cinco y media de la mañana, lo cual me pareció temprano hasta que me di cuenta de que los vendedores ya llevaban ahí desde las tres. El hombre del puesto de café cerca de la entrada principal — una mesa plegable, un termo, una pila de vasos de unicel — me entregó algo ardiendo y oscuro sin preguntarme qué quería, y entendí de inmediato que estaba en un lugar donde los habituales ya llevaban dos horas despiertos. El mercado todavía no estaba en pleno apogeo. Es decir, ya era incomprensible. Había pasado tiempo en Tepito. Jamaica era algo completamente distinto.
Antes de que la ciudad despierte
Lo primero que te golpea no es el color. Es el frío — el aire refrigerado de las cámaras de almacenamiento empujando por los pasillos — y luego el olor: rosas, cartón mojado, algo herbal debajo de todo eso. Recién entonces llega el color, todo de golpe, mientras tus ojos se ajustan a la luz fluorescente. Rosas apiladas del suelo al techo en cubetas de agua turbia. Gladiolos amarrados por docenas. Cempasúchil — el clavel de indias que atraviesa cada ceremonia mexicana, desde el nacimiento hasta el entierro — apilado en montículos que alcanzan el techo. Los vendedores trabajan en lo que suena como silencio: ruedas de carrito sobre el concreto, el crujido de los tallos al cortarse, el golpe particular de un ramo dejado caer desde la altura del hombro. Tres hectáreas de esto, en plena operación antes de que el resto de la ciudad haya considerado siquiera despertarse. Llaman a Jamaica el mercado de flores más grande de Latinoamérica. Nadie que trabaje aquí parece tener tiempo para discutirlo, ni a favor ni en contra.

La lógica funeraria del lugar
Lo que distingue a Jamaica de un mercado de flores — del tipo agradable y curado que encuentras en las ciudades europeas — es que se niega a separar lo festivo de lo fúnebre. Un centro de mesa para quinceañera está a tres metros de una corona fúnebre tan enorme que debió haber tomado casi toda una noche construirla. Las hierbas ocupan una sección aparte hacia el fondo: hierbas medicinales en bolsas de plástico arrugadas, chiles secos, resina de copal que huele como todas las iglesias de México al mismo tiempo. Los vendedores de aquí abastecen a curanderos, altares domésticos, ceremonias de barrio. Jamaica es una operación logística para los rituales que los mexicanos practican de verdad. Me quedé un buen rato en la sección de hierbas, sin comprar nada, viendo a una mujer de unos sesenta años clasificar epazote con la velocidad de quien lleva haciéndolo desde antes de que yo naciera.

Cómo recorrerlo
Ve al amanecer — no porque sea romántico, sino porque es cuando están los compradores mayoristas y la escala de la operación se ve antes de que el tráfico minorista la sepulte. Lleva efectivo en billetes chicos; la mayoría de los puestos no aceptan tarjeta y nadie tiene tiempo para tu pantalla del celular. El café cerca de la entrada de Guillermo Prieto te mantendrá en pie. Pide ramos de mayoreo aunque solo quieras unos cuantos tallos — los vendedores suelen dividirlos. Dedícale una hora completa a la sección de hierbas, sola. Vete antes del mediodía si puedes; para entonces el calor y las multitudes han transformado la experiencia en algo considerablemente menos interesante.

Cómo llegar
La estación Jamaica del metro sirve las líneas 8 y 9, a unos cinco minutos a pie de la entrada del mercado en la calle Guillermo Prieto. Desde el centro histórico son veinte minutos en metro. No hay ninguna buena razón para tomar un taxi, a menos que vayas a salir con suficientes flores como para justificar el espacio de la cajuela — en cuyo caso se vuelve absolutamente rentable.
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