El amplio valle semiárido de General Cepeda bajo un cielo abierto de Coahuila, colinas de roca roja elevándose detrás de matorral y agaves dispersos
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General Cepeda

"El director del museo me mostró un fémur de hadrosaurio con la misma energía casual con la que alguien más te mostraría un tomate particularmente bueno de su huerto: esto es simplemente lo que crece aquí, bajo el polvo."

Un tranquilo pueblo agrícola a noventa kilómetros de Saltillo que descansa, con notable naturalidad, sobre uno de los yacimientos de fósiles de dinosaurio más ricos de México. El pequeño museo de paleontología alberga huesos de hadrosaurio y réplicas de titanosaurio, fruto de décadas de excavaciones pacientes en los cerros circundantes. A las afueras del pueblo, las Lomas Blancas —dunas de sílice blanca que se elevan sobre badlands de roca roja— ofrecen caminatas completamente solitarias por un paisaje que parece prestado de otro lugar por completo.

Salí de Saltillo un martes por la mañana, cuando las carreteras aún estaban tranquilas y la luz llegaba de lado sobre el valle. El trayecto por el desierto alto —matorral, agave, algún hato de cabras derivando hacia el acotamiento— toma poco más de una hora y te deposita en General Cepeda sin ceremonia: una plaza central, una iglesia pintada, ese tipo de media mañana sin prisas que se posa sobre los pueblos pequeños de Coahuila como el polvo sobre una repisa. Iba por los huesos, lo cual suena al comienzo de algo morboso y no lo es.

Lo que las Colinas Siempre Han Sabido

El Museo Paleontológico está a un corto paseo de la plaza, modesto en tamaño y desarmante en contenido. El director —un hombre de complexión compacta que parecía genuinamente desconcertado de que yo hubiera manejado noventa kilómetros específicamente para ver su colección— me guio por el salón principal con la confianza tranquila de alguien que dejó de sorprenderse por su propio inventario hace años. Un fémur de hadrosaurio, parcialmente reconstruido. Vértebras de titanosaurio extraídas de los cerros circundantes a lo largo de las últimas décadas. Un fragmento de anquilosaurio que llegó, me contó, en pedazos, desde una colina a unos ocho kilómetros al este.

Lo que impacta no es la escala de los fósiles —aunque algunos son considerables— sino la naturalidad con que se presentan. Nada de iluminación exagerada, ninguna narración dramática por altavoces. Solo huesos y réplicas y tarjetas escritas a mano, dispuestos como si la pregunta de qué tan extraordinario es todo esto hubiera quedado resuelta hace tiempo y todos hubieran pasado a simplemente documentarlo. La región alrededor de General Cepeda ha estado dando especímenes significativos desde los años ochenta, y las excavaciones en el Cerro del Huizachal y formaciones cercanas continúan silenciosamente. Este es un museo que no necesita convencerte de su propia importancia.

Exhibición del museo de paleontología en General Cepeda con huesos de hadrosaurio y réplicas de fósiles

Las Dunas Blancas

Le pedí al director indicaciones para llegar a las Lomas Blancas antes de irme. Me las dio de la forma en que se dan indicaciones para algo que es a la vez obvio y poco visitado: una vuelta después del ejido, y luego seguir el camino de terracería hasta que parezca que el mundo ha cambiado. Toma unos veinte minutos desde el pueblo.

Las Lomas Blancas son un campo de dunas de sílice blanca que se elevan sobre badlands de roca roja y ocre, y el efecto al coronar la primera cresta es genuinamente desorientador. Las dunas no son enormes —no estás en el Sahara— pero el contraste entre la sílice blanca y las colinas herrumbrosas detrás de ellas es lo bastante intenso como para sentirse implausible, como si alguien hubiera puesto el paisaje equivocado en el valle equivocado. Caminé la mayor parte de dos horas y no vi a nadie más. El silencio ahí afuera es de ese tipo particular que viene de la ausencia total de cualquier cosa que haga ruido: sin viento, sin pájaros, sin carretera lejana. Me senté en una cresta, me comí una torta que había comprado en un pequeño local a la salida del pueblo, y me sentí, por un rato, genuinamente suspendido.

Dunas de sílice blanca de Lomas Blancas contrastando contra las badlands de roca roja de Coahuila bajo cielo despejado

El Pueblo, a la Hora de Comer

La plaza recompensa un recorrido lento antes de partir. Hay una fondita en el lado oriente —pedí el caldo de res, que llegó en un plato hondo lo suficiente como para exigir compromiso, con una pila de tortillas recién hechas y una salsa de chile de árbol que era más picor que ceremonia. También tenían cabrito al pastor; pedí media porción y me la comí en la barra mientras una telenovela pasaba en una televisión montada en la pared a un volumen considerable. Sin quejas en ningún rubro.

General Cepeda es de esos lugares que funcionan mejor cuando llegas sin una lista. El museo, las dunas, una comida larga: eso es, esencialmente, el día completo, y es suficiente. El pueblo no actúa para los visitantes, y precisamente por eso vale la pena el desvío.

La tranquila plaza central de General Cepeda con su iglesia pintada y la luz de la mañana sobre las bancas de piedra

Cómo Llegar

General Cepeda está a noventa kilómetros al suroeste de Saltillo por la Carretera Federal 54, un trayecto de aproximadamente noventa minutos en coche. Hay camiones que salen desde la Central de Autobuses de Saltillo, pero el servicio es poco frecuente: confirma los horarios antes de depender de ellos. Los mejores meses son de octubre a abril, antes de que las temperaturas de verano suban a los treinta y tantos grados. Las Lomas Blancas requieren un corto tramo de camino de terracería; un coche normal lo maneja sin problema en condiciones secas.

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