Parras de la Fuente
"La vinícola más antigua de las Américas está en un oasis del desierto coahuilense, y de algún modo es exactamente ahí donde debe estar."
El pueblo vitivinícola más antiguo de las Américas se encuentra en pleno desierto coahuilense, cubierto por vides ancestrales y alimentado por una laguna de manantial que hace que todo el conjunto parezca ligeramente imposible. Casa Madero produce vino aquí desde 1597. La arquitectura de hacienda, el agua fresca y el Cabernet sorprendentemente bueno hacen de Parras uno de los lugares más desarmantes del norte de México.
Tomé el autobús desde Saltillo un jueves por la tarde de octubre, sin saber muy bien hacia qué me dirigía. La entrada de la guía era escueta. Cuando el valle se abrió bajo la carretera — verde, repentino, improbable frente al desierto descolorido a todo su alrededor — entendí por qué la gente mencionaba Parras en la misma frase que lugares que no lograban explicar del todo. El pueblo huele a piedra húmeda y a uva madurando, y la plaza parece la traducción de una plaza de Jerez al español del norte de México, sobre la que se han posado dos o tres siglos de tardes lentas.
El vino que llegó antes que todo lo demás
Casa Madero fue fundada en 1597, lo cual significa que aquí ya se prensaba uva antes de que existieran, como denominaciones formales, la mayoría de las apelaciones célebres de Francia. Ese dato cae de otra manera cuando uno está de pie en la bodega, donde las barricas de roble llevan apiladas en la misma sala exactamente lo mismo durante cuatrocientos años. La vinícola ofrece recorridos casi todas las mañanas — la versión en español es más relajada y suele incluir una copa más generosa al final. Su Shiraz fue el vino al que volví una y otra vez: no pulido como un vino de exportación chileno, sino vivo y un poco terroso, como sabe el vino cuando la tierra que lo rodea todavía tiene algo que decir. La sala de cata vende botellas a precios que resultan casi humildes, dada la edad de la operación. Compré dos y las cargué de regreso al hotel envueltas en una camisa.

La laguna y la tarde larga
La Laguna de Parras es de manantial, lo que significa que el agua está fría incluso en octubre y sorprendentemente clara. Un sendero rodea todo su perímetro, pasando entre sauces y muros antiguos, y hacia media mañana las familias que llegaron desde Saltillo el fin de semana ya han reclamado los sitios de día de campo cerca de la entrada. Yo prefería llegar hacia las siete, antes del calor, cuando la superficie del agua todavía estaba quieta y no se oía nada más que las palomas. Hay una pequeña capilla sobre el agua, la Capilla de Guadalupe, a la que se llega por un corto ascenso bordeado de nopales. Desde ahí todo el oasis se despliega abajo — los viñedos, los techos de la hacienda, el horizonte desértico más allá —, y la palabra improbable vuelve, insistente.

Comer y alojarse en el pueblo
El mercado en la calle Ramos Arizpe tiene un rincón donde dos o tres mujeres venden gorditas de horno — gruesas tortas de masa horneada, rellenas de picadillo o frijoles — desde temprano hasta que se acaban, lo cual suele suceder antes de las diez. El desayuno queda resuelto ahí. Para cenar, los restaurantes alrededor de la plaza se apoyan en la identidad vinícola del pueblo con resultados desiguales; las posadas anexas a las haciendas más pequeñas suelen cocinar con más honestidad que los lugares con menú plastificado. El alojamiento sigue la misma lógica. Los hoteles boutique instalados en haciendas restauradas valen los pesos extra solo por los patios.

Cómo llegar
Parras está a unos noventa minutos al suroeste de Saltillo por carretera. Autobuses directos salen varias veces al día desde la Central de Autobuses de Saltillo, operados por Noreste y algunas líneas regionales. El viaje cuesta alrededor de 120 pesos y deja a los pasajeros en una pequeña terminal a dos cuadras de la plaza. Desde Torreón la distancia es prácticamente la misma, también bien servida por autobús. No hay tren ni aeropuerto; el autobús es la manera sensata de llegar.
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