Boquillas del Carmen
"Pagué un dólar por cruzar el río Bravo en una barca de remos de madera, y del otro lado una mujer vendía correcaminos de alambre que había hecho ella misma — toda la transacción parecía existir fuera de cualquier sistema legal o económico que hubiera conocido antes."
Boquillas del Carmen es un pueblo de apenas 200 habitantes al final de un camino de terracería en el desierto de Coahuila, y el cruce fronterizo oficial más pequeño entre México y Estados Unidos — uno que se hace en una barca de remos de madera sobre el río Bravo. Los habitantes venden esculturas de alambre hechas a mano y bordados en la orilla estadounidense bajo un sistema de pago por honor, y las paredes del cañón de la Sierra del Carmen cortan la luz de la tarde a partir de las tres.
El camino desde Múzquiz se vuelve terracería antes de lo esperado, y se mantiene así durante el tiempo suficiente como para empezar a hacer cuentas con el tanque de gasolina. Llegué a Boquillas del Carmen a media mañana, con las paredes del cañón del otro lado del río todavía atrapando pleno sol, y estacioné en el polvo suelto cerca de lo que eventualmente entendí que era el centro del pueblo — una pequeña plaza, algunas casas, un perro dormido con compromiso institucional. Alguien me señaló hacia el río. Ese era el siguiente paso lógico, al parecer. Del otro lado estaba Texas.
El cruce de noventa segundos
La barca de remos la maneja un habitante del pueblo — el día que estuve ahí, un hombre que dio su nombre como José — que cobra tres dólares por ida y vuelta y tiene el aplomo de alguien que ha hecho ese cruce varios miles de veces. El río Bravo en Boquillas es tan angosto que se podría cruzar de una pedrada, y el recorrido dura unos dos minutos. Un guardaparque del lado estadounidense revisa el pasaporte y te hace pasar con una seña.
Lo que nadie menciona es el asunto de las esculturas. Los habitantes dejan animales de alambre hechos a mano, piedras pintadas y piezas bordadas sobre rocas a lo largo del sendero de Big Bend, cada pieza etiquetada con un nombre y un precio, y un frasco dispuesto para el pago. No hay ningún vendedor presente. Uno toma lo que quiere, deja el dinero, sigue caminando. Pasé quince minutos frente al arreglo de correcaminos de alambre de alguien, tratando de decidir si aquello era el comercio más confiado que había presenciado o simplemente el más práctico. Compré un correcaminos. Dejé el cambio exacto. Me sentí extrañamente honrado de que confiaran en mí.

Donde Rosa, y lo que trae la tarde
El pueblo tiene un solo restaurante — todos lo llaman “donde Rosa”, aunque el letrero de afuera solo dice “Restaurant” — donde el menú cambia según lo que haya disponible, y la birria de chivo es lo que hay que pedir si aparece. Me senté en una mesa de plástico bajo un techo de lámina y me comí un plato con tortillas hechas a mano mientras un ventilador de techo hacía su mejor esfuerzo contra el calor del desierto. Ochenta pesos. Una Modelo, treinta más.
También hay un bar — el único otro establecimiento comercial además de una tiendita que vende lo básico — y en la tarde, cuando la sombra del cañón ya se instaló y el calor se vuelve soportable, el pueblo cobra algo parecido a la vida. La gente se sienta afuera. Alguien tiene un radio encendido. El aislamiento que me pesó al llegar empieza a sentirse, no cómodo exactamente, pero sí comprensible. Boquillas del Carmen ha descubierto exactamente lo que necesita y ha desechado todo lo demás. Eso es pobreza o sabiduría, dependiendo de lo que uno traiga consigo a la pregunta, y el pueblo no parece particularmente interesado en ayudarte a decidir.

Después de que cambia la luz
Hacia las dos y media, la Sierra del Carmen ya ha perdido el sol directo. Las paredes del cañón pasan de dorado pálido a gris de una manera que ocurre lento y de golpe a la vez, y la temperatura baja lo suficiente como para que me volviera a poner la camisa. No queda nada más que hacer en ese punto excepto quedarse quieto con eso.
Había estado pensando en el cruce fronterizo todo el día — en cómo la barca de remos y las esculturas por sistema de honor existen dentro de un puerto de entrada internacional oficial, hay un sello en mi pasaporte que lo prueba, y aun así se sienten como algo de la idea que tenía un siglo distinto sobre cómo podrían encontrarse las naciones. Boquillas del Carmen no resuelve esa pregunta. Solo hace que la pregunta se sienta más interesante que amenazante, lo cual no es poca cosa.

Cómo llegar
El pueblo mexicano más cercano de tamaño considerable es Múzquiz, a unos 200 kilómetros al este por un camino que se vuelve terracería con lavaderos en su tramo final — calcula cuatro horas y el tanque lleno. La mayoría de los visitantes internacionales llegan desde el lado estadounidense, a través del Parque Nacional Big Bend, a tres horas en auto desde Alpine, Texas. El cruce fronterizo abre de jueves a lunes. La primavera y el inicio del otoño son las temporadas soportables; el desierto de Chihuahua en julio no admite negociación.
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