Totonicapán
"Este es un pueblo que gobierna sus propios bosques y le importa bastante poco lo que piense la capital al respecto."
Una capital altiplánica k'iche' conocida por sus alfareros y talladores de máscaras, y por un sistema de gobierno comunal de la tierra que sus habitantes han defendido, a veces en las calles, durante generaciones.
Totonicapán no se esfuerza mucho por hacerse visitar, y precisamente por eso me gustó. Es la cabecera departamental, una ciudad altiplánica con su propio ritmo, y a diferencia de Antigua o incluso Xela, no hace casi ninguna concesión al turismo: no hay calle de cafés para extranjeros, ni fila de hoteles boutique. Llegué en autobús desde Xela, caminé sin mucho plan, y terminé, como suele pasar en Guatemala, siguiendo el olor a leña y barro húmedo hasta un taller donde un alfarero llamado Don Efraín cocía una tanda de jarras vidriadas en un horno que parecía más viejo que él.
Barro, máscaras y un oficio que no se actúa para ti
La tradición alfarera de Totonicapán es distinta de la más famosa cerámica de Antigua o Chinautla: más pesada, vidriada en verdes y marrones profundos, hecha para el uso real en la cocina y no para el estante. Don Efraín me dejó girar una jarra a medio terminar en su torno de pie, bastante mal, mientras corregía mi agarre sin demasiada paciencia pero con mucho buen humor. A unas calles de allí, un taller de talla de máscaras preparaba piezas para las tradiciones de danza de la cofradía del pueblo: máscaras de diablo, máscaras de conquistador, ese tipo de rostros de madera tallada que se usan en los dramas-danza históricos que todavía se representan en festivales por todo el altiplano. El tallador me mostró una pieza a medio terminar, con virutas de madera aún enroscándose bajo el cincel, y me contó que cada máscara tarda unas dos semanas si nadie lo apura, más si la madera se le resiste.

El pueblo que gobierna sus propios bosques
Lo que hace a Totonicapán genuinamente distinto en Guatemala, más allá de los oficios, es su sistema de gobierno comunal de la tierra: los 48 Cantones, una estructura municipal indígena anterior al gobierno nacional y que en gran medida funciona independiente de él, que administra bosques compartidos, fuentes de agua y decisiones cívicas mediante un sistema de asambleas que los habitantes han defendido con fiereza, incluso en protestas a nivel nacional que salieron en titulares mucho más allá del departamento. Un tendero me lo explicó con orgullo visible: esto no es un patrimonio indígena pasivo conservado para los visitantes, sino un sistema activo y funcional de autogobierno que los habitantes de Totonicapán han estado dispuestos a defender cerrando carreteras. De pie en la plaza después, viendo cómo se tramitaban los asuntos municipales tanto en k’iche’ como en español, ese orgullo cobró mucho más sentido.

Cuándo ir: Las mañanas entre semana para visitar los talleres cuando alfareros y talladores realmente están trabajando; la temporada seca (de noviembre a abril) para desplazarse con más facilidad por las carreteras del altiplano circundante.
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