Gaiman
"Gaiman tiene el tamaño de un barrio y el peso de toda una historia de migración."
Un pequeño pueblo galés en el valle de Chubut donde las casas de té y una capilla de piedra mantienen viva una historia de migración del siglo XIX.
De todos los asentamientos galeses en Chubut, Gaiman fue el que sentí más intacto, como si los fundadores de 1874 hubieran salido apenas por la tarde en lugar de un siglo y medio. Lia y yo llegamos en el bus local desde Trelew, un trayecto corto por tierras de cultivo irrigadas junto al río Chubut, y el pueblo se desplegó exactamente como prometía: calles bordeadas de álamos, capillas de ladrillo, rosales trepando sobre tapias bajas de jardín.
La cultura de las casas de té, bien hecha
Elegimos Ty Gwyn para tomar el té, en gran parte al azar, y resultó ser una de las mejores horas de todo el tramo patagónico del viaje. La mesa llegó cargada — bara brith, scones, mermeladas caseras, una torta galesa imponente en capas con dulce de leche — y siguió llegando, se rellenaba sin que lo pidiéramos, hasta que Lia literalmente le hizo señas a la dueña para que parara. Nos contó que su familia llevaba cuatro generaciones al frente de la casa de té, desde que su bisabuela llegó siendo niña en el barco Mimosa, la nave que trajo a los primeros colonos galeses a Chubut en 1865.

La vieja capilla y el río
Junto al río, la Primera Capilla Bethel, una capilla de piedra achaparrada construida en 1899, todavía ofrece servicios en parte en galés para una congregación que se achica pero sigue siendo devota. Me quedé parado adentro unos minutos mientras un cuidador barría el pasillo, y la luz que entraba por las ventanas sencillas tenía una calidad que asocio más con iglesias rurales galesas que con cualquier cosa que hubiera esperado encontrar en la Patagonia. Afuera, el río Chubut corre lento y verde entre hileras de álamos que los primeros colonos plantaron como cortavientos, y esos mismos árboles hoy definen la fisonomía de todo el valle.

También nos metimos en el pequeño Museo Histórico Regional, instalado en la vieja estación de tren, donde un voluntario nos contó sobre los años de sequía en la década de 1880 que casi destruyen la colonia antes de que los colonos aprendieran a construir los canales de riego que todavía se usan hoy. Es una historia de terquedad disfrazada de turismo patrimonial, y una vez que la conocés, las casas de té se leen distinto — menos pintorescas, más ganadas a pulso.
Cuándo ir: De primavera a otoño (septiembre a abril) para el clima más agradable para caminar y el horario completo de las casas de té. Andá con hambre, y andá despacio. Nadie en Gaiman apura una tetera, y vos tampoco deberías hacerlo.
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