El punto más alto de Togo se alza sobre las laderas cafetaleras de Kpalimé, un ascenso de 986 metros con vistas hasta Ghana.
Lia y yo llevábamos dos días en Kpalimé cuando alguien en nuestro hospedaje finalmente señaló la cresta detrás del pueblo y dijo, simplemente, “Agou”. Había leído que era el punto más alto de Togo, 986 metros, pero cifras así no significan mucho hasta que estás mirando hacia arriba, hacia la ladera real, preguntándote cuánto tiempo tomará. Contratamos un guía para la mañana siguiente, un joven llamado Kokou que creció en uno de los pueblos en el flanco de la montaña, y que habló durante todo el ascenso sobre los árboles de cacao de su abuelo como si fueran parte de la familia.
El sendero empieza suave, serpenteando entre pequeñas plantaciones donde los arbustos de café y las vainas de cacao crecen bajo la misma sombra moteada, y luego se pone serio a la mitad del camino. Recuerdo detenerme a recuperar el aliento junto a una mujer que clasificaba cerezas de café a mano frente a su casa, y ella se rió de lo rojo que tenía yo la cara y nos ofreció agua sin que se la pidiéramos. Ese tipo de hospitalidad en una montaña que es esencialmente el campo de trabajo de alguien se me quedó grabado más que la pendiente misma.

Kokou nos contó que la montaña alguna vez llevó un nombre alemán, en honor a un explorador austriaco, cuando esto era el Togoland bajo la administración colonial. No se quedó, y me alegró — Agou es como la gente que realmente vive en ella siempre la ha llamado, y caminar por sus campos hizo que ese pareciera el único nombre que importaba. Cerca de la cima, pasando una pequeña estación repetidora de radio, el sendero se abre a un mirador rocoso, y en un día despejado se puede ver directamente hasta Ghana, la frontera a unas cuantas colinas de distancia y completamente invisible desde el suelo.

Nos sentamos allá arriba comiendo huevos cocidos y cacahuates tostados que Kokou había llevado, sin decir mucho, solo mirando el verde en capas que se extendía en todas direcciones. Bajar tomó casi tanto tiempo como subir, con mis rodillas quejándose todo el camino, pero es ese tipo de cansancio que se siente merecido. Cuándo ir: apunta a la temporada seca, de noviembre a marzo, cuando el sendero está más firme bajo los pies y la cima no se pierde entre la neblina — nosotros tuvimos suerte con una mañana despejada de febrero, y no estoy seguro de que la vista hubiera sido la misma en temporada de lluvias.
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