Casas encaladas de Sesimbra cayendo en cascada hacia la playa, con el castillo morisco visible en la colina de arriba
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Sesimbra

"Sesimbra es lo que pasa cuando un pueblo pesquero se niega a convertirse en un resort, y todo el que lo ha encontrado se lo agradece."

Un pueblo pesquero encalado apilado bajo un castillo morisco en lo alto de una colina, donde el pez espada llega del barco esa misma mañana y la playa todavía huele levemente a sal y a gasoil.

Llegué desde Setúbal atravesando las colinas en un autobús que serpenteaba cuesta abajo entre bosques de pino hasta que la bahía entera se abrió ante mí: Sesimbra derramándose blanca y baja hacia una curva de arena dorada, el Atlántico haciendo ese día su imitación más plana y azul. El pueblo tiene ese aspecto escalonado que comparten tantos pueblos pesqueros portugueses, casas apiladas ladera arriba como si se empujaran unas a otras por conseguir vistas al mar, pero Sesimbra lo lleva sin ningún pulido. Unos hombres mayores remendaban redes en la acera junto al puerto cuando llegué, sin prestar la menor atención a los turistas que esquivaban a su alrededor, y una mujer vendía percebes —recogidos de las rocas cercanas con verdadero riesgo para quien los recolecta— desde un cubo al borde de la lonja.

Un castillo que vigila el mar

Sobre el pueblo, el Castelo de Sesimbra se asienta en su colina exactamente donde lo construyeron los moros hace mil años para vigilar la clase de problema que, al final, llegó: la reconquista cristiana bajo Afonso Henriques tomó el castillo en el siglo XII, y lo que queda es un anillo despojado de murallas que rodea una pequeña capilla encalada, más evocadora precisamente por estar vacía. Subí a última hora de la tarde, sudando por la carretera en zigzag, y tuve las murallas para mí solo salvo por otra pareja y un gato que parecía ser el dueño del lugar. Desde ahí arriba, Sesimbra se lee como un mapa: el puerto, la curva de la Praia da California y, más allá del cabo, la playa de José, encajada en su propia cala y accesible solo por un sendero empinado o una barca pequeña, que es precisamente lo que la mantiene tranquila.

Vista desde las murallas del castillo morisco de Sesimbra sobre el pueblo encalado y la curva de la bahía

Pez espada y una cena lenta

Sesimbra se toma muy en serio su espadarte —pez espada, a la parrilla entero o en gruesos filetes, desembarcado por una flota que todavía faena en las aguas profundas frente a Cabo Espichel usando métodos que los lugareños te explicarán con gusto y detalle si preguntas. Comí en un local dos calles hacia dentro desde el agua, mantel de plástico, sin menú traducido al inglés, y me sirvieron un pez espada tan fresco que apenas necesitaba el limón exprimido por encima, acompañado de patatas cocidas y una ensalada verde que sabía a recién recogida esa misma mañana. El dueño me trajo una copa de vino de la casa sin que la pidiera y se sentó un minuto a preguntarme de dónde era, de esa manera en que las comidas aquí parecen ralentizarse de forma natural en lugar de correr hacia la cuenta.

Filete de pez espada a la parrilla servido con patatas cocidas en un restaurante junto al puerto de Sesimbra

Cuándo ir: Junio o septiembre, cuando el agua frente a la Praia da California ya está lo bastante templada para bañarse pero el pueblo aún no se ha llenado con la multitud de lisboetas de fin de semana que llega cada julio y agosto.