Playa de arena gris en Rosarito extendiéndose hacia el sur a lo largo de la costa del Pacífico bajo un cielo plano de invierno, un surfista solitario caminando hacia la orilla
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Rosarito

"El Pacífico en Rosarito es frío e implacable, en el mejor sentido posible —nada que ver con el oleaje cálido del sur al que me había acostumbrado mirando desde la playa en Puerto Escondido."

Rosarito se asienta en la costa del Pacífico de Baja California, treinta minutos al sur de Tijuana, donde una playa larga y fría y una escena gastronómica de una seriedad discreta existen enteramente en sus propios términos. La ciudad fue brevemente famosa por una producción de Hollywood en los años noventa y desde entonces ha vuelto a ser ella misma: un pueblo costero de trabajo con buenos tacos de pescado, oleaje constante y un malecón que luce mejor al atardecer.

Había manejado desde Tijuana un martes por la tarde de febrero, que no es la época que la mayoría elige para visitar Rosarito. El pueblo estaba tranquilo de la manera en que se ponen tranquilos los lugares con una economía turística estacional —no abandonado, solo funcionando a una frecuencia más baja. Encontré un puesto de tacos en Benito Juárez que hacía buen negocio sin importar el mes, pedí dos tacos de camarón con la salsa verde de la casa, y comí de pie en un mostrador de metal pintado mientras un pequeño televisor montado en la pared pasaba resúmenes de futbol que nadie veía.

La larga costa

La playa de Rosarito corre por varios kilómetros —un largo tramo de arena gris donde el Pacífico llega frío y serio, nada que ver con el oleaje cálido que veo desde la playa allá abajo en Puerto Escondido. La temperatura del agua ronda los 16 o 17 grados en invierno y rara vez sube mucho más de 20 incluso en verano. Los surfistas lo saben, y trabajan la rompiente de Playa Rosarito con traje completo, montando oleaje mediano que se forma con la suficiente regularidad como para sostener una pequeña cultura surfista local durante todo el año.

El malecón es una construcción modesta —un paseo de concreto con barandales pintados y unos cuantos vendedores de elotes y churros— pero al atardecer en invierno, cuando la luz cae plana y los pelícanos vuelan bajo sobre el agua, tiene una belleza sin pretensiones que las costas más famosas suelen perder en cuanto aprenden a monetizarla. Lo caminé de punta a punta dos veces y pasé veinte minutos viendo a unos adolescentes intentar trucos de patineta en un pavimento que no fue diseñado para eso. Nadie lo estaba logrando. A nadie parecía importarle demasiado.

Paseo del malecón en Rosarito al atardecer, pelícanos visibles sobre el Pacífico gris y plano

Lo que los puestos hacen bien

Lo interesante de la comida de Rosarito es que no se anuncia a sí misma. Lo que hay: tacos de pescado hechos al estilo Baja —pescado blanco, empanizado y frito, doblado en una tortilla de maíz con col rallada, crema y un chorrito de limón— ejecutados con la consistencia que solo da hacer lo mismo correctamente durante veinte años. El puesto al que volvía era en la avenida Benito Juárez, cerca del Rosarito Beach Hotel, a cargo de una mujer que trabajaba dos estaciones al mismo tiempo y nunca parecía agitada.

Los mariscos aparecen por todas partes: tostadas de jaiba, ceviche en vasos de unicel, aguachile tan frío del limón que hacía llorar los ojos. La Tecate corre en jarras grandes de cerámica que técnicamente es ilegal cargar por la calle, pero todo el mundo lo hace de todos modos. Treinta minutos al norte está Puerto Nuevo, un pueblo que ha hecho de la langosta toda su identidad; el trayecto vale la pena para cenar si te quedas más de un día.

Taco de pescado estilo Baja sobre tortilla de maíz con col rallada y crema, gajo de limón al lado

Una ciudad que sobrevivió a su propia fama

En 1996, Fox Studios construyó una réplica del Titanic a escala real cerca de Rosarito para la película de James Cameron —una producción que empleó a miles de habitantes locales y que brevemente hizo famoso a este pequeño pueblo costero por algo que no tenía nada que ver con él mismo. Fox Studios Baja sigue operando. Quedan las huellas: un museo, tours ocasionales, un mural o dos. Pero la ciudad, en sí, siguió con lo suyo tranquilamente. A los puestos de tacos no les importa James Cameron. A los surfistas tampoco. A la mujer del puesto de mariscos que te rellena el tazón de limones sin que se lo pidas —a ella definitivamente no le importa.

Esa serenidad es lo que hace que valga la pena el desvío hacia Rosarito. Es un pueblo de trabajo en una costa hermosa que brevemente se hizo famoso por otra cosa, se encogió de hombros y volvió al trabajo.

Puestos de tacos coloridos y vendedores ambulantes a lo largo de la avenida Benito Juárez en el centro de Rosarito, una tarde entre semana tranquila

Cómo llegar

Rosarito está a 30 kilómetros al sur de Tijuana por la carretera de cuota Ruta Federal 1-D. Desde el centro de Tijuana, el trayecto toma alrededor de treinta minutos; desde el cruce fronterizo de San Ysidro en San Diego, calcula entre cuarenta y cinco y sesenta minutos dependiendo de la fila en la frontera. Taxis locales y transporte compartido salen con regularidad desde la central de autobuses de Tijuana. El aeropuerto más cercano es el Internacional de Tijuana.

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