Chennai
"Chennai no actúa para los visitantes. Simplemente sigue siendo Chennai, a todo volumen, y te deja alcanzarla."
La vasta y húmeda capital de Tamil Nadu, donde templos clásicos, una industria del cine y la playa urbana más larga del mundo comparten el mismo litoral sin demasiadas ceremonias.
Llegué a Chennai en el calor denso de una tarde y fui directo a la playa de Marina porque todo el mundo me lo dijo, y todos tenían razón por motivos que no esperaba. Con más de doce kilómetros, se cita a menudo como una de las playas urbanas más largas del mundo, y al atardecer se llena con la vida cotidiana de toda una ciudad: niños volando cometas, parejas compartiendo bhel puri en conos de papel, un hombre alquilando prismáticos por dos rupias la mirada, barcas de pesca varadas en la arena con las redes secándose al lado. Nadie se bañaba; la resaca aquí tiene fama de ser peligrosa y todos parecían saberlo por instinto. Habían venido simplemente a estar cerca del agua, lo cual es ya un ritual en sí mismo.
Chennai lleva su historia de forma desigual, y eso me gustó. El fuerte St. George, construido por la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1644, sigue en pie cerca del puerto como una de las primeras fortificaciones inglesas en la India, y su museo es un catálogo algo polvoriento de la administración colonial que acabó convirtiéndose en toda la Presidencia de Madrás. A un corto trayecto en autorickshaw, el templo de Kapaleeshwarar en Mylapore pertenece a un registro histórico completamente distinto: un templo dravídico dedicado a Shiva cuyo imponente gopuram, pintado en colores vivos, está cubierto de suelo a techo con divinidades esculpidas, y cuya estructura actual data del siglo VII aunque el propio emplazamiento es mucho más antiguo. Fui al atardecer, mientras encendían las lámparas de aceite alrededor del estanque del templo, y el olor a jazmín de los vendedores de flores junto a la puerta oriental me acompañó el resto de la noche.
Música, cine y las dos industrias de la ciudad
Diciembre en Chennai pertenece a la música carnática. La ciudad acoge lo que se conoce simplemente como “la Temporada” —un festival de meses de duración de interpretaciones vocales e instrumentales clásicas del sur de la India, celebrado en decenas de sabhas, salas culturales que llevan organizando estos conciertos desde principios del siglo XX. Asistí a un recital vocal matutino en una de las sabhas más antiguas cerca de Mylapore, sentado en una esterilla entre un público formado en su mayoría por conocedores de edad avanzada que murmuraban su aprobación ante ornamentaciones que yo todavía no era capaz de oír, y me marché con una idea mucho más clara de por qué esta ciudad se considera guardiana de toda una forma artística.

Kollywood, la industria cinematográfica tamil, es la otra gran exportación de Chennai, y su presencia está en todas partes: recortes de estrellas de cine pintados a mano dominando las rotondas de tráfico, clubes de fans organizando rituales de vertido de leche por el estreno de una nueva película de su ídolo frente a un cine en T. Nagar. Terminé una noche en un cine de una sola sala, abarrotado y bullicioso, viendo una película de acción tamil de la que entendía quizá el cuarenta por ciento de los diálogos, y los silbidos y vítores del público ante la entrada del héroe me dijeron todo lo que los subtítulos no.

Cuándo ir: de diciembre a febrero, cuando las temperaturas bajan de brutales a simplemente cálidas y la temporada de música carnática está en pleno apogeo. Evita mayo y junio, cuando el calor de Chennai se convierte en un peligro real más que en una incomodidad.