Colinas de sabana dorada en la isla Rinca con un dragón de Komodo descansando cerca del sendero
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Isla Rinca

"Nunca había caminado tan despacio, ni escuchado con tanto cuidado, en mi vida."

Una isla seca y vigilada por dragones, donde guardaparques armados solo con palos ahorquillados son lo único que te separa de 1.300 dragones de Komodo salvajes.

Lia reservó el barco desde Labuan Bajo la noche anterior, y recuerdo no haber dormido mucho, no exactamente por la emoción, sino por una especie de inquietud sorda que no lograba ubicar. Todo el mundo habla de la isla Komodo como “la auténtica”, pero nuestro guía en el barco, un tipo delgado llamado Yanto que había crecido pescando en esas aguas, nos dijo que Rinca era donde él llevaría a su propia familia. Sin travesía larga, decía, y con tantos dragones o más, concentrados en un tramo más pequeño de colinas secas. Llegamos a Loh Buaya poco después de las ocho, la bahía rodeada de manglares y el agua lisa como un espejo, y todavía no me creía del todo que hubiera dragones esperándonos en tierra.

Los había. Tres de ellos, tendidos justo debajo de la caseta de los guardaparques como perros enormes y pacientes, apenas moviéndose mientras pasábamos junto a ellos con nuestros dos guías, ambos sin más armamento que largos palos ahorquillados, lo cual me pareció casi insultante dado lo que estos animales son capaces de hacer. Yanto explicó, medio en broma medio en serio, que el sistema de palo y sendero se remonta a cuando el parque recibió protección formal en los años ochenta, y que desde entonces ha mantenido a la gente a salvo mientras nadie se salga del guion. Mantuve las manos en los bolsillos y los ojos fijos en la cola del dragón más cercano durante los primeros veinte minutos.

Un dragón de Komodo salvaje descansando a la sombra cerca de la caseta de guardaparques de Loh Buaya en la isla Rinca

El sendero salía de los manglares hacia una sabana abierta, toda hierba dorada y seca con palmeras lontar dispersas, y fue ahí cuando la isla dejó de sentirse como un zoológico y empezó a sentirse como un lugar real. Vimos ciervos de Timor pastando con cautela a lo lejos, un par de caballos salvajes más arriba en la cresta, y macacos parloteando en un grupo de árboles cerca de un abrevadero: toda la cadena alimentaria desplegada frente a nosotros, dragones incluidos. Desde lo alto de la colina, Yanto nos señaló Kampung Rinca, el pequeño pueblo pesquero bajau y bugis en la costa, casas sobre pilotes en aguas turquesas, niños saludando a los botes que llegaban. Me sorprendió lo normal que sigue siendo la vida allí, a apenas unos cientos de metros de donde duermen los lagartos más grandes del mundo.

Casas sobre pilotes del pueblo pesquero bajau y bugis de Kampung Rinca vistas desde el sendero de la sabana

Para cuando volvimos al barco, empapados de sudor y con la nuca quemada por el sol, ya había dejado de sobresaltarme cada vez que un dragón cambiaba de postura. Lia lo resumió mejor que yo en el viaje de regreso a Labuan Bajo: no era el tamaño lo que la impresionaba, sino lo poco que les importábamos, como si fuéramos nosotros los tolerados, y no al revés.

Cuándo ir: Elige la temporada seca, de abril a noviembre, cuando los senderos permanecen abiertos y la sabana se despeja lo suficiente como para que los dragones sean fáciles de ver en lugar de esconderse entre la maleza.