Salto
"Todo el mundo me advertía que era solo para jubilados. Todo el mundo estaba equivocado."
La segunda ciudad de Uruguay se asienta en la frontera fluvial con Argentina, famosa por sus termas que humean todo el año y un orgullo cívico que el resto del país respeta en silencio.
La gente en Montevideo habla de Salto como la gente en París habla de Lyon — reconocen que existe, admiten que tiene buena comida, y se sorprenden levemente cuando decís que te gustó. Salto es la segunda ciudad más grande de Uruguay, lo que significa que tiene unos cien mil habitantes y nada del agotamiento de una capital. Las calles son anchas. La luz de la tarde cae sobre el río Uruguay en un ángulo que hace que todo parezca un poco más serio de lo que probablemente es.
Vine esperando termas y me fui habiendo estado tres días más de lo planeado.
El Río y la Represa
La represa hidroeléctrica de Salto Grande es una de esas infraestructuras que se convierte, improbablemente, en atractivo turístico. También forma un puente internacional — podés cruzarlo caminando hacia Concordia, Argentina, del otro lado, lo cual es una cosa extraña y extrañamente satisfactoria de hacer en una tarde sin compromisos. El río aquí es ancho y marrón y se mueve con una seguridad que no invita a discutir.
El malecón, el paseo costero, es donde la ciudad sale a caminar al atardecer. Familias con chicos en bicicleta, parejas mayores, algunos perros sin dueño aparente. El aire huele levemente a barro y pasto recién cortado. Siempre había alguien asando algo cerca, con el humo flotando bajo sobre el agua, y me encontré dando vueltas por el mismo tramo dos veces solo para quedarme en eso.
Las Termas
Los complejos termales están fuera del centro de la ciudad — hay que alquilar un auto o tomar un remís — y van desde establecimientos de spa serios hasta piletas municipales donde pagás trescientos pesos y pasás la tarde hasta el cuello en agua mineral tibia mientras los chicos se tiran de bomba a tu lado.
Preferí la opción municipal. El agua corre entre 37 y 40 grados, lo suficientemente clara para ver el fondo, y huele levemente a azufre de una manera que deja de ser desagradable después de los primeros cinco minutos. Lia encontró un rincón donde un chorro entraba en el ángulo exacto para su zona lumbar. Estuvo ahí una hora. El agua termal es el punto, pero la ausencia total de exigencias es lo que hace que funcione de verdad.
La Comida y el Mercado
El Mercado Municipal es un hermoso hall de hierro y vidrio que precede a la mayor parte de la arquitectura de la ciudad y te hace entender por qué el resto parece algo secundario. Adentro: un carnicero haciendo cosas con la carne vacuna que requerirían explicación en otro lado, una pescadería con dorado del río, varios puestos vendiendo vino local de la pequeña región vitivinícola de Salto.
Comí dos veces en una parrilla cerca de la plaza central donde los cortes eran enormes y el chimichurri venía en un frasco en vez de un cuenco, lo que se sentía como una declaración de principios. El dueño explicó la raza de ganado local con un entusiasmo que me hizo sentir que estaba recibiendo una cena y una educación al mismo tiempo.
La Región Vitivinícola
Salto es el extremo norte de la geografía vitivinícola de Uruguay — Tannat cultivado cerca del río, madurando bajo el calor subtropical. Las bodegas locales aún no están saturadas de visitantes, lo que significa que cuando aparecés en una, alguien generalmente te lleva en persona por toda la operación. El Tannat de aquí tiende a ser más suave que las versiones costeras, los taninos un poco menos insistentes. Compré dos botellas que no me entraban bien en la mochila.
Cuándo ir: De mayo a septiembre el clima es suave y hay poca gente, y las termas son más aprovechables cuando el aire está fresco. El verano (enero–febrero) es caluroso y húmedo; las piletas están llenas, pero las noches en el malecón son difíciles de rebatir.
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