El Capricho de Gaudí, una torre y villa caprichosa cubierta de azulejo verde rodeada de jardines con vistas al mar en Comillas
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Comillas

"Vine por la playa y me quedé por el edificio que parece diseñado por alguien que nunca había visto una línea recta y no la echó de menos."

Un pequeño pueblo costero cántabro donde una fantasía de Gaudí en azulejo verde se alza sobre el Atlántico, legado de un marqués del siglo XIX con más dinero que mesura.

Comillas no parece el tipo de pueblo que debería tener un edificio de Gaudí. Es una modesta localidad de pescadores reconvertida en destino veraniego en la costa cántabra, con apenas unos pocos miles de habitantes, el tipo de lugar donde uno esperaría encontrar una iglesia bonita y una playa decente y poco más. Pero en la década de 1880 el pueblo se convirtió en el retiro de verano de Antonio López, primer marqués de Comillas, un hombre que había amasado una fortuna enorme en el negocio naviero y —según a qué historiador local le preguntes— en el comercio transatlántico de esclavos, un hecho que el pueblo no anuncia en sus placas turísticas pero que proyecta su sombra sobre la riqueza que se exhibe por todas partes aquí. López trajo arquitectos a Comillas para construir su legado, y uno de ellos fue un joven y aún poco conocido Antoni Gaudí, encargado de diseñar una villa de verano para el cuñado del marqués.

El resultado, El Capricho, es uno de los pocos edificios de Gaudí fuera de Cataluña, y es exactamente tan extraño como su obra barcelonesa, solo que más discreto al respecto. Azulejos cerámicos con motivos de girasol envuelven el exterior en franjas de verde y amarillo que cambian de tono según la hora. Una torre a modo de minarete, balcones de hierro forjado con girasoles, ventanas con formas pensadas para seguir el sol a lo largo del día como haría una planta: Gaudí ya pensaba en clave orgánica antes de que Barcelona lo hiciera famoso por ello. Recorrí los jardines despacio, bajo una llovizna suave, y no dejaba de descubrir nuevos detalles: una columna con forma de tallo de bambú, una galería cubierta pensada para contemplar la puesta de sol con una copa en la mano.

La torre de azulejos con girasoles de El Capricho de Gaudí elevándose sobre el verdor del jardín en Comillas

El palacio en la colina

Sobre el pueblo, en una colina con vistas amplias al mar Cantábrico, se alza el Palacio de Sobrellano junto a la extraordinaria Universidad Pontificia: un seminario convertido en centro cultural, diseñado en estilo neogótico por Joan Martorell, el propio maestro de Gaudí, con este último colaborando en parte del trabajo interior. El Panteón de los Marqueses, junto al palacio, con esculturas atribuidas en parte a un joven Josep Llimona, funciona como la capilla funeraria privada de la familia: una cantidad casi absurda de ambición arquitectónica para las necesidades privadas de culto y sepultura de una sola familia naviera. Piense uno lo que piense sobre cómo se ganó ese dinero, el resultado físico dejó a Comillas con una concentración de modernismo catalán de finales del XIX poco habitual tan lejos de Barcelona.

Playa, acantilados y la segunda vida de un pueblo universitario

A nivel del mar, Comillas es más sencilla y sale ganando con ello. La playa principal traza una amplia curva bajo el casco antiguo, respaldada por un paseo marítimo donde vi a familias del lugar instalarse para pasar la tarde entera con sillas plegables y termos de café, del todo ajenas al cielo gris cántabro que nunca acaba de decidirse entre sol y lluvia. Al oeste de la playa, un sendero por acantilados bajos lleva hacia calas más pequeñas y una vista de vuelta al perfil del pueblo: los campanarios de la universidad pontificia compitiendo con la torre de la iglesia por dominar la silueta.

Playa curva de arena de Comillas con el casco antiguo y la torre de la iglesia visibles a lo largo de la costa cántabra

Terminé el día como parece terminarlo casi todo el mundo aquí: con un plato de rabas (la versión local del calamar frito, cortado en tiras finas en lugar de aros) en un bar cerca de la plaza principal, viendo entrar a los barcos de pesca que todavía faenan en este tramo de costa mientras la luz pasaba del gris a un azul profundo de anochecer. Comillas logra un truco que muchos lugares más grandiosos no consiguen: lleva su riqueza de forma extraña y su sencillez con comodidad, a la vez.

Cuándo ir: Julio y agosto traen días cálidos y un ambiente animado en la playa, pero también las multitudes veraniegas procedentes de Santander; junio y septiembre ofrecen los jardines y los paseos costeros en su mejor momento sin el tráfico de temporada alta.