Mau Son
"Subimos hacia las nubes y salimos en un lugar que no parecía Vietnam en absoluto."
Un macizo montañoso brumoso sobre Lang Son donde antiguas villas francesas en ruinas, terrazas de té y una rara escarcha invernal se encuentran.
Salimos de la ciudad de Lang Son temprano por la mañana, con la carretera subiendo sin parar durante lo que pareció una eternidad, y el aire por la ventana volviéndose más cortante en cada curva. Para cuando llevábamos recorridos los treinta y tantos kilómetros hasta Mau Son, Lia ya tenía la chaqueta cerrada hasta el cuello y a mí, sinceramente, me sorprendió ver mi aliento formar vaho por primera vez desde que nos mudamos a México. El macizo alcanza los 1.541 metros, y aunque ese día no nevó, el frío se sintió como un pequeño milagro después de meses de calor en tierras bajas.
Pero lo que más me impactó fueron las ruinas. Repartidas por las laderas están los restos de las villas que los franceses construyeron aquí a principios del siglo XX, cuando esto era una estación de montaña y un puesto militar levantado sobre territorio de los Dao. Trepamos hasta una de esas cáscaras de piedra desmoronada, con una higuera creciendo justo donde antes debía de haber una sala de estar, y nos quedamos ahí parados un buen rato, sin decir mucho. Es extraño ser francés en un lugar así, siguiendo el contorno de un retiro colonial que desplazó a la gente que ya cultivaba estas colinas mucho antes de que nadie subiera desde la costa a escapar del calor.

Más abajo, la montaña se sentía completamente distinta: viva, escalonada, en pleno trabajo. Paramos en un puesto junto a la carretera atendido por una mujer Dao que vendía ciruelas de Mau Son, pequeñas y ácidas, y me comí un puñado directamente de la bolsa mientras Lia regateaba por una bolsa del té local para llevar a casa. Todavía lo prepara casi todas las mañanas allá en México, y cada vez que pongo la tetera pienso en las familias Tay y Nung que vimos cuidando esas empinadas terrazas verdes, con la niebla pasando entre ellas en lentas oleadas.

No conseguimos ver la nieve —eso es una lotería de diciembre a enero— y nosotros fuimos en octubre, más por curiosidad que por planificación. Pero, la verdad, creo que así el lugar se sintió mejor: sin multitudes persiguiendo una novedad, solo nosotros, los recolectores de té y los fantasmas de esas viejas villas entre la niebla. Cuándo ir: apunta a diciembre-enero si quieres una oportunidad de escarcha o de la rara nevada que hace titulares en todo el país, o ven entre abril y octubre como hicimos nosotros para un escape más fresco y tranquilo del calor de abajo.
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