Piste está al borde de Chichén Itzá y la mayoría de los visitantes lo tratan como una parada de almuerzo entre autobuses. Quienes se quedan a pasar la noche encuentran un tranquilo pueblo yucateco con una cochinita pibil genuinamente buena, cenotes alcanzables en bicicleta, y el raro privilegio de llegar a las ruinas antes que los grupos de turistas.
Llegué a Piste como llega casi todo el mundo — en un colectivo desde Valladolid, con un plan de excursión de un día y una botella de agua. Me fui tres días después. El pueblo en sí es una sola calle principal, Calle 15, bordeada de tiendas y algunos restaurantes modestos donde las sillas de plástico superan en número a los turistas por un margen cómodo. Nadie estaba actuando para mí. Un hombre reparaba la rueda de una bicicleta a la sombra. Una mujer doblaba tortillas a una velocidad que encontré genuinamente alarmante. Renté un cuarto por trescientos pesos y reconsideré mi itinerario por completo.
Antes de que Lleguen las Multitudes a Chichén Itzá
El sitio abre a las ocho. Los autobuses turísticos desde Cancún llegan más cerca de las diez. Esa ventana de dos horas es la razón para dormir en Piste en lugar de trasladarse desde Valladolid o Mérida. Caminé hasta la entrada oriente en unos doce minutos desde mi hospedaje, me uní a un puñado de otros madrugadores, y tuve El Castillo prácticamente para mí solo bajo la luz plana de la mañana. Sin comentarios amplificados, sin selfie sticks compitiendo con las vistas. La acústica del Gran Juego de Pelota funciona a esa hora — un aplauso hace eco nueve veces, y de verdad puedes contarlas. Para las nueve y media los autobuses ya se acumulaban en el estacionamiento y yo ya estaba de vuelta en Piste desayunando.

Cochinita y el Mercado
El lugar al que seguía regresando era un comedor pequeño sin letrero en la Calle 15, identificable sobre todo por las sillas de plástico anaranjadas y el olor. La dueña, una mujer de sesenta y tantos años, servía cochinita pibil que claramente había estado en el pib desde la noche anterior — carne de cerdo deshebrada tan suave que se deshacía bajo la cuchara, servida en un tazón con curtido de habanero al lado y tortillas frescas. Treinta y cinco pesos. Comí ahí todas las mañanas. El mercado en sí es pequeño pero cubre lo básico: producto fresco, chiles secos, miel local vendida en botellas de agua reutilizadas. No se parece en nada a los mercados de Valladolid, que es precisamente el punto.

Cenotes en Bicicleta
Una tienda de renta cerca del crucero presta bicicletas por ochenta pesos al día. El Cenote Ik Kil, el famoso de las lianas colgantes, está a unos tres kilómetros al oeste — vale la pena nadar ahí antes de que los autobuses turísticos descubran que también está en su itinerario. Menos conocido es el Cenote Samula, unos kilómetros más adelante, donde la luz cae por una abertura en el techo hacia agua azul-verdosa y casi nunca hay nadie ahí entre semana. Lleva efectivo para las cuotas de entrada y un candado para la bicicleta.

Cómo Llegar
Los colectivos corren con frecuencia entre Valladolid y Piste durante todo el día — el trayecto dura unos cuarenta minutos y cuesta alrededor de cuarenta pesos. Desde Mérida, toma un autobús ADO u Oriente hacia Valladolid y pide que te dejen en Piste. La parada está sobre el camino principal y es imposible pasarla por alto. No hay estación de autobuses, solo un tramo de banqueta que todo el mundo parece conocer.
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