Un pequeño pueblo de pescadores donde las lagunas de manglar se encuentran con el Golfo de México y la pesca de la mañana —camarón, pulpo, pescado de la Laguna de Términos— llega antes de que la mayoría despierte. Los pelícanos superan en número a los turistas en una proporción que me pareció genuinamente reconfortante.
Llegué a Sabancuy porque un pescador en Champotón me dijo que el camarón aquí era distinto —más dulce, dijo, sacado de agua más limpia. Llegué un martes por la mañana en un colectivo desde Carmen, y para las ocho ya estaba sentado en una mesa de plástico en el malecón viendo a los pelícanos zambullirse con una economía de movimiento que envidié. El pueblo es tan pequeño que escuchas arrancar los motores fuera de borda antes de ver los botes. Nadie me esperaba y a nadie pareció importarle.
La laguna y lo que sale de ella
La Laguna de Términos está justo detrás de Sabancuy, separada del Golfo por una franja angosta de costa, y es la razón por la que la comida aquí sabe como sabe. El camarón de estas aguas —camarón fresco, vendido por kilo en el muelle antes de que vea siquiera un refrigerador— tiene una dulzura limpia, casi marina, que el camarón congelado y reseco de la ciudad no puede replicar. Pedí camarones al ajillo en un comedor en la Calle Principal, a cargo de una mujer llamada Doña Celia, y los trajo aún chisporroteando en un aceite oscurecido por el ajo. El pulpo también sale de la laguna, y el pulpo en su tinta aparece en casi cada pizarrón de menú, servido con arroz blanco que se vuelve gris y maravilloso en la tinta. Lo que nadie te dice es que el pescado —normalmente huachinango o róbalo— llega al mercado a las seis y media, y las mejores mesas de los comedores ya están tomadas a las siete. Ven con hambre, ven temprano.

El malecón en los extremos del día
El malecón de Sabancuy no intenta ser otra cosa que lo que es: un muelle de trabajo con sillas de plástico, algunos puestos de comida, y una vista que cambia de color cada hora. Pasé dos atardeceres ahí con una cerveza de la tienda de la esquina, viendo volver a la flota y a los pelícanos reagruparse sobre los postes de amarre a esperar las sobras. Al anochecer, los manglares del otro lado del agua pasan de verde a negro en unos quince minutos, y el cielo sobre el Golfo se pinta de ese naranja específico que te hace dejar de intentar describirlo. Por la mañana, el mismo lugar huele a diésel y salitre y a alguien friendo tortillas en algún punto detrás de ti. Ambas versiones valen el tiempo.

Los manglares
Un pescador local se ofreció a llevarme a los canales de manglar por doscientos pesos, de camino a revisar sus trampas. Salimos temprano, antes de que el calor hiciera pesado el aire, y avanzamos por túneles de raíces y ramas donde el agua tenía el color de un té fuerte. Las garzas levantaban vuelo desde las orillas frente a nosotros sin ninguna urgencia. No fue un tour —él tenía trabajo que hacer— pero fue la hora más honesta que pasé en Sabancuy.

Cómo llegar
Desde Ciudad del Carmen, los colectivos hacia Sabancuy salen cerca del mercado central y tardan cerca de una hora por la Carretera Federal 180. Desde la ciudad de Campeche, la misma carretera recorre toda la costa; hay que cambiar en Ciudad del Carmen o en Champotón dependiendo de en qué dirección vengas. No hay terminal de autobuses en Sabancuy —simplemente te bajas cuando el conductor te avisa.
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