El sendero de cresta del Parque Nacional de Singalila con banderas de oración y picos del Himalaya al fondo
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Parque Nacional de Singalila

"Nunca me había sentido tan pequeño y tan despierto al mismo tiempo."

Un sendero de cresta en la frontera entre Nepal e India donde cuatro de los cinco picos más altos del mundo se alzan en una sola vista imponente.

Salimos de Darjeeling antes del amanecer, y para cuando el jeep nos dejó en la entrada del parque, tenía las manos entumecidas alrededor de un vaso de papel con té que había olvidado beber. Lia ya iba adelante, con el aliento formando vaho, mirando fijamente una cresta que parecía adentrarse directamente en Nepal sin pedirle permiso a nadie. El Parque Nacional de Singalila se encuentra exactamente sobre esa frontera, y durante cuatro días nuestro sendero fue y vino cruzando una línea que casi nunca podía distinguir, marcada a veces por nada más que un cambio en el color de las tejas de los techos en los pueblos que atravesamos: primero Tumling, luego Kalpokhri, con su pequeño lago oscuro y quieto bajo los pinos.

Sandakphu era la razón por la que habíamos venido, aunque no lo entendí del todo hasta que llegamos. A 3,636 metros, es el punto más alto de Bengala Occidental, y el dueño de la casa de huéspedes que nos sirvió la cena esa noche nos contó, casi aburrido de tener que repetirlo tantas veces, que en una mañana despejada se pueden ver cuatro de los cinco picos más altos del mundo desde la misma cresta: Everest, Kangchenjunga, Lhotse, Makalu. Me desperté a las 4:30, con un frío como no sentía hacía años, y salí para encontrar a Lia ya afuera, envuelta en todas las capas de ropa que tenía, viendo cómo el Kangchenjunga atrapaba la primera luz anaranjada como si estuviera iluminado por dentro.

Excursionistas en el sendero de la cresta de Sandakphu al amanecer con picos nevados a lo lejos

Lo que más me sorprendió, sin embargo, no fueron los picos, sino el bosque que atravesamos para llegar a ellos. El parque fue designado en 1986 en parte para proteger al panda rojo y al oso negro del Himalaya, y aunque nunca vimos a ninguno de los dos (nuestro guía juraba haber visto la cola de un panda rojo desapareciendo entre los árboles una vez, hace tres años, y desde entonces no deja de contar la historia), caminamos durante horas bajo rododendros que, gracias a nuestro momento de visita, se convirtieron en algo casi injusto de describir. Laderas enteras de flores rojas, rosas y blancas, nubes bajas flotando entre los troncos, el sendero suave por los pétalos caídos. Tomé más fotos de rododendros esa semana que de cualquier otra flor en toda mi vida.

Un bosque de rododendros en flor a lo largo del sendero de trekking de Singalila

Para cuando llegamos a Phalut, en el último tramo, mis rodillas ya tenían opiniones sobre todo el viaje, pero no quería que terminara. Hay un silencio particular en esa cresta —sin ruido de carreteras, sin motores, solo viento, banderas de oración y de vez en cuando la campana de una recua de mulas— en el que todavía pienso en los días ruidosos del tráfico de Ciudad de México. Es el tipo de trekking que te reordena algo por dentro, y ya estoy pensando cómo convencer a Lia de volver allá arriba.

Cuándo ir: Abril y mayo traen a los rododendros en plena floración junto con las vistas más despejadas de las montañas, mientras que de octubre a diciembre el aire fresco y seco ofrece jornadas de trekking más fáciles y confiables; solo hay que empacar para noches genuinamente frías en cualquier caso.