Canal de manglar estrecho al atardecer en La Encrucijada, Chiapas, con una lancha de pescadores de madera y raíces aéreas densas enmarcando el agua
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La Encrucijada

"El lanchero apagó el motor y nos quedamos en el silencio del canal de manglar mientras un cocodrilo se deslizaba fuera de un tronco a diez metros de distancia; ninguno de los dos, ni el hombre ni el reptil, parecía particularmente preocupado."

La reserva de la biosfera de La Encrucijada protege el tramo más grande de manglar del Pacífico en México: un mundo laberíntico de canales y bosque inundado donde las comunidades de pescadores viven sobre palafitos y los cocodrilos tratan las orillas como si fueran suyas. Llegar cuesta algo de esfuerzo, que es precisamente la razón por la que todavía se siente auténtico.

Llegué al Embarcadero La Palma alrededor de las siete de la mañana, cuando la luz todavía hacía algo suave y anaranjado sobre la laguna y las lanchas cargaban hielo para la faena del día. El lanchero —un tipo llamado Eleazar que llevaba corriendo esta ruta desde antes de que yo naciera, según dijo— me cotizó doscientos pesos para entrar y salir. Acordamos doscientos cincuenta para que fuera más despacio cuando se lo pidiera. Lo que nadie te cuenta de La Encrucijada es que la llegada misma es la mitad de la experiencia: ese primer kilómetro dentro del canal, cuando la vegetación se cierra sobre la lancha y el ruido de la carretera desaparece por completo.

Los canales

La reserva cubre unas 144,000 hectáreas de manglar, laguna y bosque inundado estacionalmente, lo que significa que uno no va a verlo todo. Lo que sí se ve es una serie de canales que se ramifican y se reconectan de maneras que resultarían genuinamente confusas sin alguien que sepa qué bifurcación lleva de vuelta a mar abierto. Eleazar conocía todas y cada una. Avanzamos por corredores de mangle rojo, raíces arqueándose hacia el agua parda como caligrafía suspendida, mientras las fragatas trazaban círculos en lo alto y alguna que otra garza morena nos observaba pasar con la dignidad aburrida de un oficial de aduanas. Después llegó el cocodrilo —uno de verdad, de al menos dos metros— sobre un tronco medio sumergido. Eleazar apagó el motor sin que yo lo pidiera. Nos dejamos llevar por la corriente. El cocodrilo consideró la situación y luego se deslizó de vuelta al agua sin ningún drama particular. Encontré esa combinación de cercanía e indiferencia más conmovedora de lo que esperaba.

Raíces aéreas de mangle rojo hundiéndose en un canal oscuro dentro de la reserva de la biosfera de La Encrucijada

Los pueblos palafíticos

Las comunidades construidas dentro de la reserva —Garra de León es la que más lanchas visitan— tienen esa cualidad de fin del mundo que siempre me atrae. Las casas se asientan sobre plataformas encima del agua, conectadas por pasarelas de madera angostas, y los niños van a la escuela en canoa. Hay un pequeño comedor cerca del embarcadero donde una mujer llamada Doña Celia sirve el desayuno: huevos revueltos con chipilín, frijoles negros y pescado que estaba en la laguna la noche anterior. Comí ahí dos veces. La segunda le pregunté cómo se llamaba el pescado localmente y dijo robalo, igual que en todas partes, pero sabía más limpio y sencillo que cualquier robalo que haya probado desde entonces. La comunidad recibe visitantes sin convertirlo en una actuación, algo que agradecí.

Pasarela de madera conectando casas sobre palafitos en la comunidad pesquera de Garra de León dentro de la reserva de La Encrucijada

Madrugada en la laguna

La laguna abierta —Laguna La Joya— está mejor antes de las ocho, cuando el agua está plana y la luz llega en un ángulo que lo vuelve todo ligeramente dorado. Eleazar me llevó una segunda mañana sin turistas y nos quedamos ahí mientras él revisaba una red. Los pelícanos se lanzaban en picada. Un par de espátulas rosadas trabajaban las aguas someras cerca de la orilla lejana, rosa contra un verde tan intenso que parecía ilustrado en lugar de real. No tomé fotos esa sesión. Algunas cosas es mejor dejarlas sin jpeguear.

Espátulas rosadas vadeando en los márgenes someros de la Laguna La Joya al amanecer, La Encrucijada, Chiapas

Cómo llegar

Desde Tonalá tome un combi hacia Pijijiapan y pida que lo dejen en el desvío del Embarcadero La Palma —el trayecto dura unos cuarenta minutos y los conductores lo conocen bien. Desde ahí, los mototaxis recorren los cuatro kilómetros de terracería hasta el embarcadero. Vaya entre semana si puede; los fines de semana traen familias de Tuxtla y los canales se sienten menos como un ecosistema en funcionamiento y más como el recorrido guiado de uno.

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