Las orillas boscosas de la Isla Providence emergiendo del río Mesurado en el centro de Monrovia
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Isla Providence

"Lia y yo nos quedamos de pie en una franja de tierra más pequeña que nuestro antiguo edificio de departamentos, y sentí el peso de un país entero."

Una isla tranquila en el río Mesurado donde comienza toda la historia de una nación, y donde el ruido de Monrovia por fin desaparece.

Casi me salto la Isla Providence. Es fácil que pase, la verdad: vas manejando por el caos del centro de Monrovia, entre vendedoras de pescado y taxis compartidos que no dejan de pitar, y de pronto alguien señala una loma verde y baja en medio del río y dice “es ahí, ahí empezó todo”. Sin entrada monumental, sin fila de autobuses turísticos. Solo el Mesurado deslizándose despacio a ambos lados, marrón y sin prisa, y esa pequeña isla sobre la que había leído durante meses antes de verla con mis propios ojos.

Cruzamos por un puente peatonal en una mañana luminosa de temporada seca, de esas en que la luz cae plana y dura sobre el agua. Un guía local llamado Joseph nos recibió cerca de la entrada y no perdió tiempo en cortesías: nos llevó directo al lugar donde, en 1822, el primer grupo de afroamericanos liberados enviado por la American Colonization Society desembarcó y se estableció, un desembarco que en la práctica fundó la nación liberiana. Recuerdo a Lia quedarse callada de una manera poco habitual en ella. Una cosa es leer el año en un libro. Otra muy distinta es pisar el mismo lodo y la misma hierba donde ocurrió, con la misma corriente del río moviéndose todavía frente a ti.

Puente peatonal que cruza hacia la Isla Providence sobre el río Mesurado

Lo que más se me quedó grabado, sin embargo, fue lo que Joseph nos contó sobre la isla antes de 1822: que ya había sido un puesto dentro del comercio regional de esclavos, un lugar por el que se hacía pasar a personas contra su voluntad mucho antes de convertirse en un lugar de llegada y asentamiento. De pie después en el pequeño museo, mirando fotografías y algunos documentos conservados, sentí esa doble historia pesando sobre la sala. No es una historia ordenada, y nadie allí intentó presentarla como tal. Pasamos un buen rato junto al monumento que conmemora el desembarco, con su inscripción algo desgastada por décadas de humedad, mientras un pescador trabajaba su red en los bajíos justo detrás, como si fuera un martes cualquiera.

Terminamos la visita sentados en un muro bajo junto al agua, compartiendo una bolsa de cacahuates tostados que la prima de Joseph vendía desde una hielera cerca de la entrada, viendo brillar los techos de Monrovia al otro lado del río. Es un sitio pequeño —se puede recorrer toda la isla en veinte minutos— pero no he dejado de pensar en él desde entonces. Hay lugares que se visitan por el paisaje. La Isla Providence se visita porque conviene saber dónde estás parado.

Monumento que conmemora el desembarco de 1822 en la Isla Providence

Cuándo ir: de noviembre a abril, durante la temporada seca, cuando el calor es más llevadero y los senderos junto al río no se convierten en lodo, lo que hace mucho más agradable el paseo corto y la visita al museo.