Una doble cascada de 140 metros que cae desde un valle colgante en Streymoy, tan cerca de la carretera que casi no nos detenemos.
Íbamos manejando hacia el norte desde Tórshavn en dirección a Haldarsvík, sin más plan que “seguir la costa y ver qué pasa”, que fue como transcurrieron la mayoría de nuestros mejores días en las Feroe. Lia la vio antes que yo: una cinta blanca y delgada que partía una ladera a nuestra izquierda, cayendo tan lejos que la base parecía pertenecer a un paisaje distinto al de la parte superior. Me orillé sobre la grava casi sin decidirlo conscientemente. Esa era Fossá, y todavía no sabía que era la cascada más alta de todo el archipiélago, unos 140 metros, cayendo en dos etapas bien definidas.
Hay algo casi anticlimático en lo fácil que es llegar a Fossá: está justo al lado de la carretera principal, sin necesidad de caminata, lo cual después de cuatro días trepando pasto mojado para ver otras cascadas se sentía casi como hacer trampa. Pero estar de pie en la base cambia esa impresión rápidamente. El nivel superior brota de un valle colgante, invisible desde abajo hasta que el agua reaparece y vuelve a caer hacia el mar. Recuerdo inclinar tanto la cabeza hacia atrás para seguirla con la mirada que casi pierdo el equilibrio, riéndome, mientras Lia se quedaba filmando con el teléfono temblándole por el viento.

Nos habíamos detenido a finales de mayo, más o menos una semana después de que el último deshielo de primavera bajara desde las alturas, y el caudal era realmente ruidoso, no un hilito al que hay que entrecerrar los ojos, sino un rugido constante e insistente que se oía desde la carretera. Comí un sándwich de rúgbrauð un poco aplastado sentado en una roca cercana, mientras un par de ovejas ignoraban por completo el espectáculo a pocos metros de ellas, lo cual me pareció la imagen más feroesa de todo el viaje. Hasta el nombre es modesto: Fossá simplemente significa “cascada” en feroés, sin adornos, porque la cosa habla por sí sola.

Lo que se me quedó grabado no fue tanto la altura, sino la naturalidad con la que se integra en la vida diaria del lugar: coches pasando, una granja cerca, nadie tratándola como un monumento que hay que acordonar. Terminamos quedándonos casi una hora más de lo planeado, sentados con el ruido del agua, antes de seguir hacia Haldarsvík por un café.
Cuándo ir: Tuvimos suerte con nuestro paso a finales de mayo, justo después de que el deshielo primaveral llevara el caudal a su punto más ruidoso; si te pierdes esa ventana, apunta a después de unas lluvias de otoño, porque una visita en pleno verano seco puede dejar a Fossá bastante más delgada.
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