Santuario de Vida Silvestre de Cockscomb Basin
"Nunca vimos al jaguar. Lo sentimos todo el tiempo."
La primera reserva de jaguares del mundo, donde los senderos de las montañas Maya suben hasta cascadas y el Victoria Peak vigila 400 kilómetros cuadrados de silencio.
Lia encontró el cartel primero, clavado en un poste en la caseta del guardaparques: “primera reserva de jaguares del mundo, establecida en 1986”. Recuerdo que me reí un poco, porque acabábamos de pasar veinte minutos convenciéndonos de que cada crujido entre la maleza era uno. No lo era, claro está, casi nunca lo es, nos dijeron los guardaparques, entre divertidos y acostumbrados a decepcionar turistas. Pero ese es el extraño regalo de Cockscomb: caminas por unas 400 kilómetros cuadrados de bosque administrados por la Belize Audubon Society sabiendo que estás dentro del territorio real del animal, no en un zoológico que finge serlo, y eso cambia la manera en que escuchas.
Tomamos el sendero Ben’s Bluff en nuestra segunda mañana, el que sube de forma constante hasta que los árboles se abren y de pronto estás mirando toda la cuenca, con el Victoria Peak —la segunda montaña más alta de Belice, con 1.120 metros— trazando una línea gris contra las nubes. Yo estaba empapado en sudor a medio camino y Lia se detenía todo el tiempo para señalar pájaros que no podía nombrar, que son la mayoría, ya que el santuario alberga más de 300 especies. Un tucán cruzó bajo frente a nosotros cerca de la cima y ninguno de los dos dijo nada por un segundo, solo lo vimos alejarse.

Al día siguiente hicimos el sendero Tiger Fern, más corto pero más empinado, y cumple exactamente lo que promete su nombre sin ironía: una cascada al final que tuvimos completamente para nosotros un martes por la tarde. Me senté en una roca plana con los pies en el agua fría mientras Lia subía a mirar detrás de la caída, y recuerdo pensar que este era el primer lugar en Belice donde había dejado de revisar mi teléfono por completo, no porque no hubiera señal, aunque no la había, sino porque en realidad me olvidé de que existía. Tampoco vimos un puma ni una danta, aunque un guía en la entrada juraba que una danta había cruzado el camino esa misma semana.

Lo que se me queda no es un avistamiento, es la cuenca misma: la forma en que las montañas Maya la envuelven como una mano que se cierra, protegiendo algo que el país decidió, hace ya casi cuarenta años, que valía la pena resguardar antes de que nadie más en el mundo lo pensara siquiera. Cockscomb no actúa para ti. Llegas, caminas, sudas, y casi siempre te vas habiendo visto huellas en lugar del animal que las dejó, lo cual, de alguna manera, se sintió suficiente.
Cuándo ir: Nosotros fuimos en febrero, en plena temporada seca que va de finales de noviembre a abril, y los senderos estaban secos y la fauna era más fácil de avistar; vale la pena planear el viaje pensando en eso si te importa tener un día despejado en Ben’s Bluff.
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