Caracol
"Subimos a Caana y la selva simplemente seguía, en todas direcciones, como si no tuviera fin."
En lo profundo de la selva de Chiquibul, la mayor ciudad maya de Belice esconde una pirámide más alta que el propio dosel forestal.
El camino hasta Caracol tarda casi tanto en contarse como las ruinas mismas. Lia y yo salimos de San Ignacio antes de las seis, dando tumbos durante casi dos horas por una pista sin pavimentar dentro de la Reserva Forestal de Chiquibul, con retén militar incluido, hasta que los árboles por fin se abrieron sobre las plazas. Recuerdo pensar que aquí vivió alguna vez una ciudad de más de 100.000 personas, en el apogeo de su poder hacia el año 650 d.C., rivalizando con Tikal justo al otro lado de la frontera con Guatemala, y que ahora solo estábamos nosotros, un guía y el sonido de los monos aulladores en algún lugar del dosel.
Nada te prepara para Caana. “El Palacio del Cielo”, la llamó el guía, y con sus aproximadamente 43 metros sigue siendo la estructura hecha por el hombre más alta de todo el país, más alta que cualquier edificio en Belize City, más alta que cualquier cosa que hubiéramos visto desde Guatemala. La subimos despacio, deteniéndonos en las terrazas para recuperar el aliento, y Lia se giró a medio camino y simplemente dejó de hablar. La selva se extendía plana e ininterrumpida hasta el horizonte, sin caminos, sin tejados, nada más que verde.

Lo que más me impactó, al recorrer el sitio después, fue cuánto sigue oculto. Un leñador se topó con Caracol por casualidad en 1937, y desde entonces los arqueólogos han mapeado calzadas que se extienden desde el centro, canchas de juego de pelota y cientos de tumbas; nuestro guía señalaba montículos aún sin excavar, tragados por la vegetación, y decía casi con naturalidad que esos todavía nadie los ha abierto. Almorzamos en una banca de piedra cerca de una de las plazas más pequeñas, tortillas y queso que Lia había empacado esa mañana, mientras veíamos a un pizote hurgar junto a una estela como si el lugar fuera suyo.

Para cuando emprendimos el regreso, la luz hacía ese juego de última hora entre los árboles, y ninguno de los dos dijo mucho. Caracol no te golpea como lo hace un sitio concurrido y restaurado; no tiene esa energía de tienda de recuerdos. Se sintió más bien como que nos dejaran entrar en algo que la selva todavía no había terminado de devolver.
Cuándo ir: Apunta a la temporada seca, de febrero a mayo, cuando los caminos sin pavimentar de Chiquibul aguantan lo suficiente como para llegar de verdad; otros viajeros nos contaron que ese mismo trayecto se vuelve brutal, a veces intransitable, en cuanto empiezan las lluvias.