Bosque de miombo al amanecer en el Parque Nacional de Cangandala, Angola
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Parque Nacional de Cangandala

"Manejamos tres horas por un camino de tierra por la posibilidad de tener diez segundos con un animal que la mayoría de los angoleños solo ha visto en un billete."

Un diminuto refugio de bosque en Malanje donde el antílope más raro de Angola, que se creyó extinto, todavía se mueve al amanecer.

Debo admitir que Lia y yo nunca habíamos oído hablar del antílope sable gigante antes de que un amigo en Luanda lo mencionara durante una cena, medio bromeando de que teníamos más probabilidades de ganar la lotería que de ver uno. Eso bastó para engancharme. Cangandala es el parque nacional más pequeño de Angola, apenas 600 kilómetros cuadrados de bosque de miombo en la provincia de Malanje, y existe casi por completo gracias a un solo animal: un antílope de cuernos en espiral que no se encuentra en ningún otro lugar del planeta, tan central para la identidad nacional que aparece grabado en la moneda que llevas en el bolsillo y en las estampillas postales. Parado junto a la cerca del santuario al amanecer, no dejaba de pensar en lo extraño que es viajar tan lejos para buscar algo tan simbólicamente enorme y, a la vez, tan fácil de no ver.

La historia del parque pesa más de lo que su tamaño sugiere. Durante la larga guerra civil, muchos asumieron que el antílope sable gigante había desaparecido por completo, otra víctima más de décadas de conflicto que vaciaron gran parte de la fauna de Angola. No fue sino hasta 2004, cuando unas cámaras trampa finalmente captaron imágenes granuladas de sobrevivientes moviéndose entre la maleza, que se tuvo la prueba de que la especie había resistido. Nuestro guía, un guardaparques de voz suave llamado Domingos que había trabajado en el santuario de reproducción desde que lo cercaron, contaba la historia como si él mismo todavía no pudiera creerla del todo. Había formado parte del primer equipo de monitoreo, y describía el primer avistamiento confirmado como quien describe un nacimiento.

Guardaparques rastreando huellas de antílope sable gigante en el bosque de miombo de Cangandala

Pasamos dos mañanas completas dentro del santuario mismo, caminando en lentos circuitos con Domingos mientras él señalaba las líneas de ramoneo en los árboles y las huellas frescas marcadas en la tierra roja. Cangandala no es un parque donde la fauna desfila frente a tu vehículo; es un parque donde te ganas cada vistazo. En nuestra segunda mañana, justo cuando la luz se volvía dorada a través del dosel del bosque, alcanzamos a ver unos quince segundos a un macho sable en el límite del bosque, esa inconfundible silueta de cuerno curvo antes de desaparecer. Lia me agarró del brazo sin decir nada. Ninguno de los dos necesitaba hacerlo.

Luz dorada de la mañana filtrándose entre árboles de miombo, hábitat del antílope sable gigante

Lo que se me quedó grabado después no fue realmente el antílope en sí, sino la tranquila insistencia de la gente que reconstruye esta manada casi desde cero, en un parque que la mayor parte del mundo ni siquiera tiene ubicado en el mapa. Aquí no hay un lodge con alberca ni una infraestructura de safari pulida, solo un santuario cercado, un puñado de guardaparques dedicados, y una especie que se abre paso de vuelta, una cría a la vez.

Cuándo ir: Apunta a la temporada seca, aproximadamente de mayo a septiembre, cuando el bosque se despeja y es más fácil rastrear a los sables, aunque incluso entonces, como nos recordó Domingos, la paciencia importa más que el momento exacto.