Un pueblo de brandy en el valle del río Breede, donde los alambiques de cobre y los jardines de suculentas conviven bajo tres cadenas montañosas.
Casi nos saltamos Worcester. En el mapa parecía una parada para gasolina y un café antes de seguir hacia zonas más fotogénicas del Cape Winelands, pero Lia había leído algo sobre una bodega de brandy del tamaño de un hangar de aeropuerto, y eso bastó para hacernos desviar de la N1. Lo que encontramos fue un pueblo genuinamente activo, no uno pensado para postales, asentado en un valle amplio con las montañas Hex River de un lado, la sierra Brandwacht del otro, y el Langeberg cerrando el paisaje a lo lejos. Se sentía menos cuidado que los pueblos que ya habíamos visto, y eso me gustó.
La Bodega de Brandy KWV Worcester es la razón por la que la mayoría de la gente se detiene, y se merece la reputación. Hicimos un tour un martes por la mañana con apenas otras seis personas, y la guía repetía “una de las bodegas de brandy más grandes del mundo” como si todavía no terminara de creer que funcionaba en su propio pueblo. Filas y filas de barricas de roble perdiéndose en la penumbra, el aire cargado de ese olor dulce y alcohólico que se te pega a la ropa. Normalmente no bebo brandy, pero el potstill que nos dejaron probar al final, todavía tibio del cobre, me hizo cambiar de opinión el resto del viaje.

Worcester fue fundado en 1820 y lleva el nombre del Marqués de Worcester, y se convirtió en el pueblo más grande del valle del río Breede gracias precisamente a este tipo de producción. Lo que me sorprendió fue cuánto de esa historia está ligada al agua más que a la uva: el Brandvlei Dam, uno de los embalses más grandes de Sudáfrica, alimenta los canales de riego que hacen posibles los viñedos en lo que, sin eso, sería un tramo de tierra bastante seco. De pie junto a uno de esos viñedos con Lia, viendo el agua brillar a lo lejos en el embalse, entendí por qué el valle se ve así: filas verdes sobre colinas marrones, todo diseñado a propósito.
El otro lugar que se me quedó grabado fue el Jardín Botánico Nacional del Desierto Karoo, fundado en 1921 en las afueras del pueblo. Después de tanto roble y alcohol, fue extraño y agradable caminar entre suculentas en su lugar: plantas espinosas y escultóricas hechas para un clima semiárido, dispuestas en laderas que atrapan la luz de la tarde de una manera completamente distinta a los viñedos. Pasamos ahí una hora agachados mirando plantas que no supe nombrar, mientras Lia tomaba demasiadas fotos de áloes.

Cuándo ir: lo ideal es entre febrero y abril, cuando la cosecha de vino y brandy está en pleno apogeo y las bodegas abren para catas de verdad; el pueblo huele a uva fermentando y todo el mundo parece tener un motivo para celebrar.
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