Dougga
"He recorrido muchas ruinas romanas. Dougga es la única donde de verdad olvidé en qué siglo estaba."
Dougga se asienta en una cima a unos cien kilómetros al suroeste de Túnez, y llegar implica un trayecto por campo de cultivo ondulado que se parece más a la Toscana que a nada que esperara de Túnez: trigales, terrazas de olivos, algún pastor ocasional. Vinimos un día de semana en primavera y compartimos todo el yacimiento, que es enorme, con quizá una docena de personas más. Tras la aglomeración de Cartago, la soledad resultaba casi sospechosa, como si nos hubiéramos equivocado de hora de apertura.
Una Ciudad Entera, No un Fragmento
Lo que hace extraordinaria a Dougga es que no es una hilera de columnas ni un único edificio restaurado. Es casi toda una ciudad. Caminas por calles empedradas surcadas por las ruedas de los carros, junto a los esqueletos de casas y tiendas, hasta un teatro tallado en la ladera que aún sienta a miles, y sales por el otro lado hacia templos, termas y un foro. El nombre antiguo era Thugga, originalmente un asentamiento númida que los romanos absorbieron y sobre el que construyeron, y la superposición de culturas se ve si sabes mirar.
La corona de todo es el Capitolio, un templo a Júpiter, Juno y Minerva del siglo II, y está asombrosamente intacto: seis grandes columnas estriadas que sostienen un frontón, con todo el pórtico en pie como lleva mil ochocientos años. Me quedé un buen rato frente a él. Lia, que se proclama inmune a las ruinas, se calló, lo que en ella es el mayor de los elogios.

Los Detalles que se Quedan Contigo
Las ciudades romanas se revelan en las cosas pequeñas, y Dougga está llena de ellas. Hay un burdel, señalizado sin tapujos por un falo tallado en el pavimento. Están las letrinas comunales: un banco curvo de asientos de piedra donde los ciudadanos de Thugga se sentaban sociablemente codo con codo, un recordatorio de que las nociones antiguas de intimidad no eran las nuestras. Está la Casa del Trifolium, la gran mansión, y los suelos de mosaico que se levantaron y se llevaron al Museo del Bardo en Túnez, dejando atrás contornos fantasmales.
Y luego, curiosamente, hay un mausoleo libio-púnico, una esbelta tumba-torre prerromana que es anterior a toda la ciudad romana. El cónsul británico le arrancó una inscripción en el siglo XIX y la envió a Londres, donde quedó en el Museo Británico, y la estructura se reensambló después. Es el tipo de detalle que te hace apretar un poco los dientes, allí de pie en el viento.

Aspectos Prácticos y la Vista de Conjunto
No hay casi sombra ni un café digno de tal nombre en el yacimiento, así que lleva agua y sombrero; en verano la cima se cuece sin piedad. El suelo es empedrado antiguo y desigual, así que calza zapatos de verdad. Reserva al menos dos o tres horas: correr por Dougga es un pequeño crimen.
Cuándo ir: De marzo a mayo, cuando las colinas están verdes y entreveradas de flores silvestres y la temperatura es clemente, es con diferencia la mejor ventana. Octubre y noviembre son su equivalente otoñal. Evita julio y agosto salvo que disfrutes de la arqueología como deporte de resistencia.