Una locomotora de vapor antigua en el depósito ferroviario de Atbara, Sudán, con trabajadores al fondo y luz del desierto color óxido
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Atbara

"El café aquí lo tostaron delante de mí, lo molieron delante de mí, lo prepararon delante de mí. No tenía ningún prisa."

La ciudad ferroviaria de Sudán en la confluencia del río Atbara y el Nilo tiene la intensidad particular de los pueblos industriales obreros — talleres de reparación de locomotoras, un río que se seca la mitad del año, y el ritual del café más serio que he encontrado en ningún lugar.

La Capital Ferroviaria

Atbara se llama a sí misma la capital ferroviaria de Sudán, y la afirmación es legítima. Los británicos construyeron su Ferrocarril Militar de Sudán por aquí a finales del siglo XIX — ostensiblemente para abastecer la campaña de Kitchener para recuperar Jartum del estado mahdista, en la práctica para consolidar el control colonial del corredor del Nilo. Los talleres ferroviarios establecidos en Atbara se convirtieron en el complejo industrial más grande de Sudán, y la ciudad que creció a su alrededor nunca ha terminado de soltar esa identidad.

Los talleres todavía existen. Un guía que encontré a través de un contacto de la casa de huéspedes me hizo entrar por una puerta lateral. Los cobertizos son enormes, edificios industriales de la era victoriana con altos techos de hierro ahora parcheados y reparados una y otra vez, albergando máquinas que parecen haber sido catalogadas por última vez en 1950 y llevan funcionando desde entonces. Los hombres reparaban una locomotora diésel con métodos que combinaban conocimiento técnico moderno con la improvisación específica de personas que no pueden pedir repuestos de un catálogo. Estuve mirando durante una hora sin que nadie me dijera que me fuera.

Donde Se Encuentran Dos Ríos

Atbara se asienta en la confluencia del río Atbara y el Nilo. El Atbara es el último gran afluente del Nilo antes de Egipto, y como el Gash cerca de Kassala es un río estacional — fluye desde las tierras altas etíopes durante la estación lluviosa y está seco la mayor parte del resto del año. Cuando visité en diciembre, el lecho del río Atbara era ancho y arenoso y completamente seco, sus riberas de arena blanca extendiéndose como una carretera hacia algún lugar. Un chico lanzaba una cometa desde el centro del lecho del río.

El Nilo en Atbara es la habitual fuerza ancha y deliberada. En la orilla del río encontré los restos de un pequeño fuerte de la era otomana en un promontorio bajo con vistas a la confluencia, sus paredes todavía en pie hasta la altura del hombro en algunas secciones. Sin señalización. Sin visitantes.

La Reunión Sufí

Me tropecé con una ceremonia de dhikr sufí un jueves por la noche, que es cuando estas reuniones suelen ocurrir en Sudán. El canto devocional y el movimiento rítmico tienen lugar al aire libre por las tardes, en espacios abiertos o junto a la tumba de una figura santa. La forma específica varía según la orden — las órdenes Qadiriyya, Tijaniyya y Khatmiyya tienen cada una sus propias prácticas — pero la calidad del sonido era consistente: un círculo de hombres cantando en un ritmo que empezaba lento y iba aumentando, las frases en árabe repitiéndose hasta que se convertían más en percusión que en lenguaje.

Me quedé a una distancia respetuosa, indiqué que quería observar, y uno de los hombres del círculo exterior me hizo señas de acercarme. Me quedé unos cuarenta y cinco minutos. El hombre a mi lado, un maestro de escuela llamado Ibrahim, fue explicándome en inglés lo que ocurría en cada sección. Tenía el don de un maestro para la descripción clara sin condescendencia.

La Cuestión del Café

El café sudanés — jabana — se sirve de una manera particular: tazas pequeñas, muy oscuro, a menudo especiado con cardamomo, jengibre o canela, a veces con un incienso perfumado llamado toamba ardiendo cerca. En Atbara encontré un puesto de té y café cerca del mercado donde una mujer tostaba granos de café verde en una pequeña sartén de hierro sobre carbón justo delante de sus clientes, luego los molía en un mortero, y luego los preparaba en una olla de barro. Todo el proceso tardó veinte minutos. Me bebí dos tazas y hablé con el hombre a mi lado sobre reparación de trenes y el precio de los dátiles y si México tenía buen fútbol.

No se sentía como tiempo de espera.

Cuándo ir: De noviembre a febrero. Atbara se asienta en el interior desértico sudanés y experimenta el mismo brutal calor veraniego que el resto de la región — 40–45 °C de junio a septiembre. La ventana invernal es genuinamente suave y agradable. Si lo combinas con Meroe (a unos 50 kilómetros al sur) y Naga, un circuito por Atbara tiene sentido lógico.

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