
Asia
Pakistán
"Las montañas de aquí no solo te impresionan — te reorganizan por dentro."
Hogar de cinco de las catorce montañas de más de ocho mil metros del mundo y la cultura de montaña más impresionante del planeta, todavía casi completamente fuera del radar turístico.
Aterricé en Islamabad en un vuelo nocturno esperando el típico caos de capital: burocracia, tráfico, una habitación de hotel que olía a aire acondicionado. Lo que no esperaba era estar comiendo el mejor pollo a la parrilla de mi vida en un dhaba de carretera a medianoche, hablando de fútbol con un conductor de camión de Gilgit que había manejado catorce horas por la Carretera del Karakoram para llegar hasta allí. Ese es Pakistán en una frase: el país no para de darte cosas para las que no estabas preparado.
El norte es la razón por la que vienen los viajeros más serios, y merece todo lo que se ha escrito sobre él. El Valle de Hunza en junio — los cerezos en flor ya casi extintos pero los campos en terrazas de un verde violento contra el gris-blanco del macizo del Rakaposhi — es uno de los paisajes más hermosos que he recorrido. El viejo bazar de Karimabad vende albaricoques secos y queso local junto a fundas de teléfono y cuentas de rezo. La propia Carretera del Karakoram, construida a un coste humano brutal a lo largo de la antigua Ruta de la Seda, es menos una carretera que un argumento sobre lo que es físicamente posible. El campo base del K2 atrae a los senderistas más curtidos; Fairy Meadows, al pie del Nanga Parbat, se alcanza en una jornada a pie y parece un escenario que alguien pintó desde la imaginación. Pero Pakistán no es solo paisaje montañoso. Lahore es una ciudad de grandeza mogol y comida tan buena que dan ganas de cancelar el vuelo — nihari cocido a fuego lento durante toda la noche, karahi en woks ennegrecidos sobre llama viva, rabri falooda comido de pie en una esquina del casco antiguo a las diez de la noche con la mitad del barrio haciendo lo mismo.
Cuándo ir: De mayo a septiembre para las montañas del norte — la Carretera del Karakoram está transitable y los puertos de montaña están abiertos. Hunza alcanza su punto álgido a finales de mayo con los últimos brotes primaverales, y de nuevo en octubre cuando los álamos se tornan dorados. Lahore y el Punjab son mejores de octubre a febrero, cuando el calor cede y el aire se despeja. Evita las montañas en invierno a menos que vayas a hacer montañismo técnico.
Lo que la mayoría de las guías no entienden: Tratan Pakistán como un destino solo para aventureros intrépidos dispuestos a pasar penurias. En realidad, la infraestructura de hospitalidad en el norte ha mejorado enormemente — hay excelentes casas de huéspedes en Hunza y Skardu, buena comida en todos lados, y lugareños que harán todo lo posible para que te vayas con una buena impresión. El desafío no es la incomodidad, sino la burocracia y el proceso de visado. Una vez dentro, Pakistán es uno de los países más acogedores por los que he viajado. El enfoque basado en el miedo que la mayoría de los medios occidentales aplica a este país lo mantiene más vacío de lo que merece, lo cual, dependiendo de tus prioridades, es o un problema o precisamente el atractivo.
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Un remoto pueblo de montaña en el extremo noroeste de Pakistán, puerta de entrada a los valles Kalash donde una cultura preislámica ha sobrevivido intacta.
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Un valle glacial tan extravagantemente hermoso que me hizo cuestionar todos los lugares que alguna vez llamé hermosos.
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