Monte Chilbo
"Nuestra guía dejó su carpeta en el alojamiento y, por una noche, fue solo una persona a la que le gustaba el licor de ciruela."
Llegar a Chilbosan es, en cierto modo, todo el sentido del viaje. Está en Hamgyong del Norte, en el rincón más al noreste del país, muy lejos de Pyongyang y aún más lejos de cualquier cosa que normalmente se le muestre a un visitante. Volamos hasta Orang y luego condujimos, y para cuando el autobús coronó la última cresta y aparecieron las formaciones rocosas del Chilbo Exterior, llevaba despierto el tiempo suficiente para estar ligeramente delirante, que quizás sea el estado correcto para este lugar. El nombre significa Montaña de los Siete Tesoros, por las siete cosas valiosas que la leyenda dice ocultas en ella, y la interpretación local de cuáles son esos tesoros cambia según a quién preguntes.

La montaña se divide en tres partes y podrían ser tres países distintos. El Chilbo Interior es boscoso y suave, todo arces y senderos. El Chilbo Exterior es el dramático, un caos de pilares y riscos de granito erosionado que los guías han bautizado — hay una Roca Camello, una Roca del Anciano, el habitual catálogo de pareidolia que las montañas de todas partes parecen coleccionar. Y luego está el Chilbo Marino, donde la costa erosionada se encuentra con el agua de una manera que de verdad me detuvo. Lia y yo nos quedamos en un promontorio viendo romper el oleaje contra columnas de roca, y durante unos minutos nadie nos narró nada, lo que en este viaje en particular se sintió como un pequeño milagro.
El alojamiento
La razón por la que quienes estudian este país hablan de Chilbo es la aldea de alojamiento al pie de la sección marina. Es, como todo aquí, organizada y supervisada — no finjamos lo contrario. Pero también es lo más cerca que un turista llega de un hogar norcoreano: una hilera de casas de una sola planta con suelos ondol calefactados, donde las familias cocinan para ti y te sientas en cojines a comer marisco que esa misma mañana estaba en el agua. Tuvimos almejas, un pescado a la parrilla que no supe identificar, un kimchi más picante que cualquiera que hubiera probado más al sur, y un licor claro de ciruela que llegó en una botella de plástico e hizo mucho trabajo.

Hubo un momento esa noche al que sigo volviendo. Nuestra guía, que había pasado cuatro días siendo precisa y vigilante, dejó su carpeta en el suelo y se rió de algo que dijo su colega, se rió de verdad, y por una noche fue solo una mujer a la que le gustaba el licor de ciruela y picar a su amiga. No soy ingenuo sobre dónde estaba ni sobre lo que se me permitía ver. Pero las personas son personas, y el alojamiento es la rara grieta en el itinerario donde eso se vuelve innegable.
Ir con los ojos abiertos
Chilbo es el lugar más bonito al que me llevaron en el país y también el que más me inquietó, porque la belleza es real y las restricciones para vivirla son totales. Vas adonde te llevan, fotografías lo que se te permite fotografiar, y la aldea existe para los visitantes tanto como para quienes viven en ella. No te voy a decir que eso esté bien. Solo te diré que la costa es extraordinaria, que el aire huele a pino y a sal, y que me alegré, de forma complicada, de haber estado en aquel promontorio.
Cuándo ir: Finales de septiembre y octubre, sin duda — los arces del Chilbo Interior cambian de color y todo el macizo se vuelve rojo y dorado, y la luz otoñal sobre los acantilados marinos es la razón por la que existen fotografías de este lugar. El verano es húmedo y brumoso. El invierno cierra gran parte de los accesos.