
Un acantilado de 30 metros todavía marcado de cráteres, donde los Rangers estadounidenses treparon bajo fuego el Día D y donde el silencio de hoy resulta casi insoportable.
No esperaba que Pointe du Hoc me golpeara así. Lia y yo ya habíamos pasado la mañana en Omaha Beach, y pensé que había agotado toda la reserva emocional que tenía para un solo día. Entonces caminamos hasta ese acantilado entre Utah y Omaha, y fue el propio suelo el que me detuvo: no es plano. Es un paisaje lunar de cráteres, depresiones profundas en forma de cuenco por todas partes, ahora cubiertas de hierba pero de forma inconfundiblemente violenta. Recuerdo haberme parado al borde de uno, intentando imaginar lo que hacía falta para lanzar una bomba capaz de hacer eso, y más aún, lo que hacía falta para que un soldado escalara un acantilado de 30 metros justo debajo, bajo fuego, con los alemanes mirándolo directamente desde arriba.
Eso es exactamente lo que ocurrió aquí en la mañana del 6 de junio de 1944. El 2.º Batallón de Rangers, unos 225 hombres, escaló este acantilado para destruir una batería de artillería alemana fortificada que podría haber alcanzado ambas playas de desembarco. Me quedé de pie en el borde del acantilado —con cuidado, la caída es real— y simplemente miré hacia abajo, hacia la pared de roca, tratando de imaginar hacerlo con escaleras de cuerda y garfios mientras te disparaban desde arriba. De aquellos 225 Rangers, solo unos 90 seguían en condiciones de combate dos días después. Le dije ese número a Lia en voz alta y ninguno de los dos habló durante un buen rato.

Lo que más me impactó es lo poco que se ha suavizado el lugar. Los búnkeres siguen ahí, bloques de concreto achaparrados medio hundidos en el campo de cráteres, algunos abiertos para que puedas entrar y sentir lo fríos y cerrados que son. A diferencia de otros sitios conmemorativos que se ajardinan hasta quedar impecables, este lo administra la American Battle Monuments Commission casi tal como quedó al final de la batalla, deliberadamente creo, porque suavizarlo traicionaría lo que pasó ahí. Lia encontró una placa cerca de uno de los búnkeres con el nombre de un Ranger y se quedó ahí, leyéndola dos veces. Tomé una foto de los cráteres que se extienden hacia el mar, y aún ahora, meses después, esa foto me detiene cada vez que la veo al pasar el dedo por la pantalla.

Pasamos ahí casi dos horas, mucho más de lo que había planeado, caminando entre los senderos de los cráteres en silencio, entre una conversación y otra. No es un lugar que necesite mucha narración una vez que conoces los hechos: es la tierra la que habla.
Cuándo ir: Yo iría entre primavera y principios de otoño, entre mayo y septiembre, cuando los senderos sobre el terreno lleno de cráteres están secos y son fáciles de recorrer; no es un terreno que uno quiera pisar con lodo o hielo, y sinceramente, vas a querer la luz extra del día para quedarte un rato con todo eso.
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