Atardecer ardiente sobre el mar Mediterráneo en Alejandría, Egipto, con nubes dramáticas reflejadas en las olas agitadas

África

Delta del Nilo

"El Delta me engulló entero antes de que pudiera encontrar mi camino."

Llegué a Damieta en autobús desde El Cairo a las seis de la mañana, y lo primero que me golpeó fue el olor: pescado secándose bajo el sol naciente, diesel de las falúas al ralentí sobre el río, algo dulce y semipudriedo que venía de los huertos de cítricos al borde de la carretera hacia el centro. Nadie en México me había preguntado por el Delta del Nilo. Me preguntaban por las pirámides, por Luxor, por el buceo en Sharm el-Sheij. Pero el Delta — ese inmenso triángulo verde donde el Nilo finalmente cede y se extiende sobre las llanuras mediterráneas — me pareció el mejor secreto de Egipto, la parte que todavía les pertenece a los egipcios.

El paisaje desmiente todo lo que crees saber sobre Egipto. No hay desierto aquí. En lugar de arena encontrás arrozales, campos de algodón, matorrales de papiro a lo largo de los canales de riego, búfalos de agua moviéndose lentamente en la neblina de la tarde. Las ciudades — Tanta, Mansoura, Zagazig, Damieta — son ciudades que trabajan: ruidosas, comerciales y casi completamente libres de grupos turísticos. Pasé una semana moviéndome entre ellas en microbuses y barcas fluviales, comiendo kushari en puestos callejeros y mújol fresco sacado directamente del lago Manzala. En Rosetta (Rashid en árabe), me senté a la sombra de una casa de comerciante otomano y pensé en cómo una piedra encontrada en ese mismo pueblo abrió todo el mundo antiguo — y en cómo casi nadie viene a ver la casa, ni el pueblo, ni el río girando plateado frente a él.

Alejandría merece su propio viaje, y no voy a pretender que no me deshizo. Caminé el Corniche al atardecer con el Mediterráneo azotando el malecón, el cielo volviéndose naranja y morado, y sentí la melancolía particular de una ciudad grande que ha sido muchas cosas y lo sabe. El marisco en los viejos restaurantes del puerto — arroz sayadiya, lubina a la parrilla, calamar frito con limón — es de lo mejor que he comido en cualquier parte. El café en los viejos cafés del Souk el-Attarine es oscuro y con cardamomo. Las catacumbas de Kom el-Shoqafa son genuinamente extrañas y maravillosas. Pero es el ambiente de Alejandría — esa energía agridulce de ciudad cosmopolita y fantasmal — lo que permanece.

Cuándo ir: De octubre a marzo. Los veranos son brutales y húmedos en la costa, y las ciudades del interior se convierten en hornos. La primavera (marzo-abril) es hermosa pero breve. Octubre y noviembre son el momento ideal: calor agradable, cielos despejados, la cosecha del algodón llenando las carreteras de tractores.

Lo que la mayoría de las guías no entienden: Tratan el Delta como una zona de tránsito entre El Cairo y Alejandría, no como un destino en sí mismo. Las ciudades del interior — Mansoura, Tanta, Damieta — son lugares genuinamente fascinantes con culturas gastronómicas locales muy fuertes, arquitectura otomana y colonial, y casi ninguna infraestructura para visitantes extranjeros (lo cual, francamente, es la mitad del atractivo). Rosetta en particular merece dos o tres días, no una excursión de un día. Aflojá el ritmo. El Delta premia la paciencia.