
Ereván
"El Ararat vigila desde el otro lado de la frontera, eternamente armenio en el corazón."
La ciudad de toba rosada donde cada azotea enmarca el monte Ararat, y el brandy llega a la mesa antes que el menú.
Hay una calidad de la luz en Ereván a las seis de la tarde — cálida como el albaricoque, inclinada y baja — que hace que las fachadas de toba brillen como si estuvieran iluminadas desde adentro. Cada edificio del centro de la ciudad está tallado en la misma roca volcánica, ese material suave de color rosa anaranjado que absorbe el calor durante todo el día y lo libera lentamente al atardecer. Parado en los escalones de la Cascada, mirando hacia el sur en dirección a la frontera turca, entendí por primera vez lo que significa habitar un paisaje que también es una herida.
La Plaza de la República y el peso de la historia
Llegamos a principios de octubre, cuando los plátanos de la avenida Mashtots habían empezado a dejar caer sus hojas en grandes círculos dorados sobre el pavimento. La Plaza de la República ancla la ciudad como un escenario: el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Museo de Historia, el Hotel Armenia, todos dispuestos alrededor de la fuente central con la deliberación de un sueño cívico. Los espectáculos de la fuente danzante se ofrecen de noche al son de música folclórica armenia, y los locales se sientan en los bancos de alrededor con la calma de quienes llevan toda la vida viniendo aquí.
El brandy, como prometían, llegó antes de que siquiera hubiéramos mirado el menú en el pequeño restaurante de la calle Abovián, donde el dueño nos acomodó en la mesa del fondo sin preguntar. El brandy Ararat — no coñac, nunca coñac, te lo corrigen con gentileza — es suave de una manera que sorprende. Sabe a albaricoque seco y a algo más antiguo, algo que resiste ser nombrado.
El mercado cubierto y un descubrimiento inesperado
El mercado GUM de Mashtots me sorprendió por completo. Esperaba artesanías y miel para turistas. Lo que encontré fue un mercado de alimentación en pleno funcionamiento, denso de hierbas secas, paredes de churchkhela colgando como oscuras cuerdas enjoyadas, hombres mayores jugando al backgammon en mesas de carta entre puestos de verduras encurtidas en enormes frascos de vidrio. Lia pasó cuarenta minutos negociando una bolsa de tomillo silvestre con una mujer que al final le regaló pétalos de rosa seca como una especie de punto final a la transacción.
Comí lahmajoun en una mesa de plástico cerca de la entrada — un pan fino y crujiente cubierto con carne picada especiada y tomate fresco — enrollado con perejil y un chorrito de limón. Costó casi nada. Fue extraordinario.
Subir la Cascada al atardecer
El complejo Cascada de Jim Torossian trepa la colina sobre la ciudad en amplios escalones de mármol flanqueados por esculturas de la colección Cafesjian. A última hora de la tarde los turistas se dispersan y los habitantes de Ereván pasean a sus perros y empujan cochecitos de bebé por las escaleras mecánicas interiores. En lo alto, la ciudad se despliega abajo en su cuadrícula rosada, y si el día es claro — verdaderamente claro, sin la neblina del verano — el Ararat aparece al suroeste, enorme y blanco como la nieve y técnicamente en Turquía. No parece pertenecer a Turquía. Parece pertenecer a la vista.
Cuándo ir: De finales de septiembre a octubre ofrece luz dorada, temperaturas suaves y el final de las cosechas de albaricoque y uva. Conviene evitar julio y agosto, cuando el calor aplana todo y la ciudad se vacía hacia el lago Seván.
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