Puerto España
"La ciudad huele a roti y mango maduro y a algo eléctrico que no sabrías nombrar."
Llegué a Puerto España un martes a finales de enero, y los andamios para las gradas del Carnaval ya se estaban levantando alrededor de la Savannah. Los obreros discutían amablemente de un lado al otro de la calle mientras el hombre del puesto de comida junto a mí montaba mis doubles —dos tortitas de bara fritas rellenas de channa al curry— con la velocidad de alguien que ha ejecutado ese gesto diez mil veces. Los comí de pie. El chutney de tamarindo era tan picante que me llenó los ojos de lágrimas de la mejor manera posible.
La Savannah y las gradas
La Queen’s Park Savannah es el verdadero centro de gravedad de esta ciudad. Es un enorme óvalo de hierba en pleno corazón urbano, rodeado por las mansiones coloniales que los locales llaman los Siete Magníficos —cada una una alucinación arquitectónica, con torres góticas junto a florituras barrocas junto a herrería criolla francesa. Por las tardes, la Savannah se convierte en un espacio libre para todos: corredores, picnics familiares, vendedores de maíz y músicos de pan que ensayan sin ninguna razón concreta. Me senté en un banco mientras la luz se volvía ámbar y observé a un adolescente practicar un solo de steel pan con la expresión concentrada de quien se prepara para el Carnegie Hall.
Laventille y los patios de pan
Lia había leído sobre los patios de pan de Laventille e insistió en que fuéramos. Me alegro de haberlo hecho. Son los talleres donde los steelbands ensayan todo el año, y visitarlos en la temporada previa al Carnaval significa caminar hacia una pared de sonido: decenas de músicos metidos en un groove que retumba en los techos de hierro corrugado y llena todo el barrio de la ladera. Laventille es uno de los barrios más duros de la ciudad, y seré honesto: me alegré de ir con un guía local que sabía dónde pararse y cuándo detenerse. Pero la música no se parece a nada que haya experimentado. El steel pan no solo toca notas; las hace sonar, las deja suspendidas en el aire caliente.
Frederick Street y el mercado
El centro es caótico de la manera más productiva. Frederick Street es donde se compra todo: disfraces de carnaval a precios absurdos, metros de tela, fundas para teléfonos, papeles de envolver doubles, películas pirateadas que nadie admite vender. El Mercado Central, a unas manzanas al este, es toda una educación en productos trinitenses: hojas de dasheen del tamaño de paraguas, montones de shadow beni (esa hierba que sabe a cilantro pero más intensa), christophines, quimbombó, plátanos en todos los estadios de madurez. Los olores se superponen hasta convertirse en una única fragancia imposible.
Carnaval, si puedes
Si hay alguna manera de organizar el viaje en torno al Carnaval —que cae en febrero o principios de marzo según el año— hazlo. J’Ouvert comienza alrededor de las 2 de la madrugada y consiste en grupos de personas que se cubren mutuamente de barro, aceite y pintura mientras bailan por las calles hasta el amanecer. Es desorientador y alegre y vagamente religioso, de la manera en que el abandono corporal colectivo a veces se convierte en algo sagrado. Perdí a Lia durante cuarenta minutos entre la multitud y la encontré bailando con tres desconocidos de Barbados. No volvimos a hablar de logística en toda la noche.
Cuándo ir: La temporada de Carnaval (febrero-marzo) es el atractivo principal, pero reserva alojamiento con al menos seis meses de antelación. La temporada seca (enero-mayo) ofrece el mejor clima. De junio a octubre hay humedad y aguaceros por las tardes; manejable, pero planifica actividades de interior. Evita el pico de la temporada de huracanes (agosto-septiembre) si eres sensible a las tormentas tropicales.