El horizonte medieval de Toledo elevándose sobre el desfiladero del río Tajo al atardecer, la fortaleza del Alcázar y la torre de la catedral iluminadas en oro contra un cielo violeta oscuro
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Toledo

"Toledo te pregunta qué cultura crees que la construyó; la única respuesta honesta es que todas ellas."

El taxi desde la estación de tren sube una carretera que bordea el desfiladero, y durante unos segundos toda la ciudad queda suspendida sobre ti como algo que un niño hubiera apilado con bloques grises y ocres. El Tajo serpentea abajo, lento y verde. Luego entras dentro de las murallas y la ilusión de orden se disuelve en un laberinto de callejones tan estrechos que los edificios se inclinan sobre ellos, intercambiando sombra.

Tres religiones, una piedra

Toledo fue sede de los reyes visigodos antes de la llegada de los moros, joya de Al-Ándalus antes de la Reconquista, y hogar de una de las comunidades judías más importantes de la Europa medieval — todo ello en los mismos pocos kilómetros cuadrados. Sientes ese sedimento en el momento en que empiezas a caminar. La Calle de los Reyes Católicos te lleva frente a la Sinagoga del Tránsito, cuyo interior aún conserva las inscripciones hebreas y la yesería mudéjar que la comunidad judía encargó antes de la expulsión de 1492. A cien metros, la mezquita reconvertida en iglesia Cristo de la Luz se asienta en un pequeño jardín, con sus arcos de herradura intactos y una base de minarete que sostiene un ábside cristiano añadido encima. Nadie se molestó en borrar nada. Eso, no dejo de pensar, es o bien la gran tolerancia de Toledo o su gran indiferencia — y todavía no sé cuál de las dos.

La catedral al mediodía

La catedral tardó más de dos siglos y medio en construirse, lo que quizás explica por qué su interior parece varios argumentos distintos sobre Dios desarrollados simultáneamente. Llegué justo antes del mediodía de un martes y la luz a través del Transparente — el lucernario barroco que Narciso Tomé talló en el techo del deambulatorio — caía exactamente donde fue diseñado para caer, convirtiendo el altar en algo teatral y levemente alucinatorio. Lia se quedó de pie bajo él con la cabeza echada hacia atrás durante un largo rato, sin decir nada. Esa parecía ser la respuesta correcta.

Lo que no esperaba: la sacristía alberga una sala de retratos de El Greco tan densa y oscura que los ojos tardan un minuto entero en adaptarse. El pintor vivió toda su vida adulta en esta ciudad, y ver una docena de sus santos alargados reunidos en una sala en penumbra fue como encontrarse cara a cara con la obsesión de alguien.

Mazapán y el camino de vuelta

La otra gran aportación de Toledo al mundo es el mazapán — moldeado en formas elaboradas y vendido desde las ventanas de los conventos y las pastelerías de la Calle Santo Tomé. Compré una pequeña bandeja cerca de la Plaza de Zocodover y me la comí en el Mirador del Valle mientras la luz de la tarde se volvía plana y anaranjada sobre los tejados. Es más dulce de lo que esperaba, casi agresivamente, y la ciudad abajo le hacía juego de algún modo — excesiva, ornamentada, sin disculpas.

Cuando ir: De abril a junio ofrece temperaturas suaves y tardes largas antes de que lleguen las multitudes del verano. Octubre es aún más tranquilo, con una luz dorada y baja que hace que las paredes de piedra brillen bien entrada la tarde.