
Un trozo empinado y húmedo de selva primaria dentro de los límites de la ciudad, donde Singapur lucía antes de que nadie construyera una sola torre.
Lia había leído que la Reserva Natural de Bukit Timah conserva uno de los últimos fragmentos de la selva original de Singapur, más antigua que todo el horizonte del centro que llevábamos fotografiando toda la semana, y quería verlo con sus propios ojos. Así que un domingo por la mañana tomamos el bus por Bukit Timah Road, pasando los concesionarios de autos y los condominios, hasta que los edificios simplemente se detuvieron y comenzó esta pared verde. Es una transición extraña, porque Singapur hace esto constantemente: cinco minutos de centros comerciales y de repente estás parado en el inicio de un sendero con monos observándote desde el dosel como si fueran los dueños del lugar, que, honestamente, en cierto modo lo son.
El sendero principal hacia la cumbre no es largo, unos dos kilómetros quizás, pero es empinado y la humedad aquí le hace algo a tu cuerpo para lo que ningún entrenamiento en la altitud de Ciudad de México te prepara. Estaba empapado antes de terminar la primera curva. Macacos de cola larga cruzaban el sendero frente a nosotros, indiferentes, y en un momento una familia se detuvo en seco porque un varano del largo de mi brazo estaba tendido en pleno sendero tomando el sol. Nadie lo movió. Todos simplemente caminamos a su alrededor.

Lo que más me impresionó no fue la cumbre, que honestamente decepciona: un pequeño claro con un marcador, sin vista real, porque los árboles han crecido a su alrededor durante décadas. Fue el sonido. Cigarras a un volumen que se sentía casi agresivo, esta pared de ruido que subía y bajaba como si respirara. Lia dijo que le recordaba a los sonidos de la selva cerca de Palenque, y no se equivocaba, excepto que aquí puedes oír el tráfico de la autopista por debajo si prestas atención, ese zumbido bajo que nunca desaparece del todo. Ese contraste es, creo, el sentido de todo el lugar.

Bajamos por una ruta distinta, por el lado de la cantera, donde se ven vistas sobre lo que antes eran pozos de granito y ahora es un lago quieto y misterioso rodeado de acantilados. Un par de macacos nos siguieron a una distancia respetuosa todo el camino, más curiosos que agresivos, aunque los carteles por todas partes advirtiendo contra alimentarlos dejaban claro que ese no siempre ha sido el ambiente. Para cuando llegamos al centro de visitantes mi camisa ya no era usable y había terminado las dos botellas de agua que habíamos llevado, lo cual, en retrospectiva, no fue suficiente.
Cuándo ir: Apunta a la mañana temprano, antes de las 9am, para evitar tanto el calor como las multitudes; los fines de semana se llenan rápido, y la humedad solo aumenta conforme avanza el día.
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