Toscana es el paisaje que le enseñó al mundo cómo debería lucir el campo. El Val d’Orcia — Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO al sur de Siena — se despliega en oleadas de verde y dorado, salpicado de cipreses, casonas de piedra y pueblos en lo alto de las colinas que parecen flotar sobre la bruma matutina. Es una belleza casi absurda, y lleva siglos siendo así.
Siena es la gran rival de Florencia: una ciudad medieval construida alrededor de la Piazza del Campo en forma de concha, donde el Palio — la histórica carrera de caballos — se corre desde el siglo XVII. San Gimignano eriza el horizonte con sus torres medievales. Montepulciano y Montalcino producen dos de los mejores vinos de Italia — el Vino Nobile y el Brunello — y en sus salas de cata las vistas son tan embriagadoras como los propios vinos. Entre un pueblo y otro, la tradición del agriturismo te permite dormir en granjas activas, comer lo que crece en los campos de alrededor y despertar con un silencio que las ciudades han olvidado.
Cuando ir: De mayo a junio para colinas verdes y flores silvestres. De septiembre a octubre para la vendimia y la luz dorada del otoño.